Santíssima Trinitat / A / 2020

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Lectura Espiritual

El Espíritu divino invade nuestra masa cerebral y se manifiesta en la realidad creada. Cuando es enviado al alma para santificarla, puede llevar a cabo una acción superior, manifestando ̶ se trata de un Ser espiritual ̶ su ser propio. Su ser propio consiste en el Amor Sustancial que une al Padre y al Hijo de modo que, cuando nos habita, nos permite amar al Padre como lo ama el Hijo, y amar al Hijo como lo ama el Padre.

La expresión hebrea para designar al Espíritu Santo es ruach, que significa viento o soplo. Pero Él no nos enseña a decir ruach, sino abbá, Padre. Y también nos enseña a decir Maran-atá, ven, Señor Jesús. No se revela a Sí mismo, sino que nos hace dirigirnos al Padre como hijos y dirigirnos al Hijo como Aquel que viene a hacerse uno con nosotros, tomando posesión de nuestro ser.

Nosotros oramos siguiendo las señalizaciones de Jesús, el Gran Orante, y Él oraba a su Padre. La misericordia divina ha querido dejarnos algunas de las expansiones filiales del Corazón de Cristo, especialmente la que siguió a la Última Cena y que recoge san Juan a partir del capítulo 13 de su evangelio.

Y como estamos llamados a imitarlo, a ser otros cristos, el mismo Cristo, debemos intentar como Él una comunicación filial. El título teológico central de Jesús es Hijo. En esa palabra se resume la realidad nuclear de su existencia. La orientación de su vida, el arraigo y la meta que lo marcaron tiene su expresión particular: Abba, Padre.

Jesús jamás se sintió solo, como a veces nosotros nos sentimos al olvidar nuestra propia relación de filiación. Desde la primera expresión recogida en los Evangelios, hasta el último aliento en la Cruz, Él estuvo permanentemente dirigido hacia el Otro, al que llamaba su Padre.

Quizá por eso la niñez ocupa un lugar tan destacado en la predicación del Señor: Les aseguro que si no cambian y se hacen como niños, no entrarán en el reino de los cielos. Para Jesús, la infancia no es tan solo un estado transitorio de la vida que luego desaparece sin dejar huella. No, en la infancia se realiza a tal grado lo específico de la realidad humana que está perdido quien desconoce la condición esencial de la niñez.

Y es que la niñez tiene profunda correspondencia con el más hondo misterio de Cristo, con su filiación. Su dignidad más alta, la que remite a su divinidad, no es en último término un poder que en Él comienza y en Él termina, sino que lo recibe del Padre. Ser niño en el sentido que Jesús invita es aprender a decir Padre, con la hondura y la conciencia del que es el Unigénito. Y nosotros, que vivimos la misma vida del Hijo, encontramos aquí la razón que hace imposible entrar en el reino de los cielos a quien no se haga niño, a quien no dependa del Padre.

Ricardo Sada; Consejos para la oración mental