Els pilars de la Bíblia

Els símbols de la Bíblia

Jesucrist, rei de l’univers / B / 2018

 

 

Paraula de Déu

 

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Lectura espiritual

La iniciación en el misterio de la oración continua se realiza más por la irradiación del padre espiritual amasado en la oración que por sus palabras. El padre espiritual no es alguien que enseña sino el que engendra tal como lo hace el Padre celestial. Henri Fauconnier, en un libro titulado Malaise, hace decir a uno de sus héroes: “Podrás conducir a un discípulo solo hasta donde hayas llegado tú mismo, y el camino a menudo es muy largo”. La peregrinación del corazón continúa a través del tiempo y del espacio.

Toda la tradición insistirá en la importancia y la necesidad de dejarse ayudar a que sin guía en vano nos esforzaremos en la obra espiritual; se ha de ir a encontrar a otro que ya haya hecho el camino. El hombre hace camino hacia la oración pero nunca llega totalmente a término. Por eso, el director espiritual repite a tiempo y a destiempo un único consejo: perseverar en la oración.

Este consejo sereno, orquestado de mil maneras diversas, en el fondo siempre será el mismo. En este sentido, el padre espiritual no hace más que repetir lo que Cristo dijo de la viuda inoportuna (Lc 18:1) y que es también el pensamiento de san Pablo sobre la oración: “Rezad sin parar, dad gracias en toda ocasión; que esto es lo que quiere Dios de vosotros en Cristo Jesús (1Te 5: 17-18).

En los “Relatos de un peregrino ruso, el padre espiritual presenta al discípulo la forma de oración más preciosa y profunda de todas, hacia la cual les otras formas habrían de tender a encaminarlo. Es la oración más o menos consciente -dice san Antonio, abad: la oración no es todavía perfecta, mientras el monje es consciente y sabe que reza– de los que están habitados por Dios y su vida trinitaria, con la suficiente fuerza para no escaparse nunca del todo de su influencia. En su vida ya no se puede distinguir entre reflexión, acción y oración, de tanto como el corazón está lleno de Dios. Su oración se parece al chorro incesante de una fuente que se alimenta de las profundidades misteriosas del corazón. La oración se ha convertido en una vida interior en su propia vida. La oración penetra toda su existencia a semejanza del ritmo de la respiración o de los latidos del corazón.

A medida que el hombre avanza en la vida de oración o en la educación de la oración que solo hay que decir una cosa a los que quieren aprender a rezar: “Perseverad”. “Dios, ha dicho san Juan Clímaco, concede el don de la oración al que reza”. Hay que, simplemente, dejar que la vida trinitaria respire en nosotros. Es solo el Espíritu Santo oculto en el fondo de nuestro corazón quien puede enseñarnos a rezar. La única cosa que podemos hacer es disponernos a acoger el don de la oración.

Jesucristo nos dice muy poca cosa a propósito de la oración: hay que entrar en la alcoba, hacer silencio; cerrar la puerta y orar al Padre en secreto, es decir hacer salir del corazón todas las inquietudes que nos acometen legítimamente y, muy a menudo también -reconozcámoslo- ilegítimamente. Y, en cambio, insiste fuertemente en la confianza y en la perseverancia: hay que pedir, buscar, llamar y sobretodo no descorazonarse ni cansarse nunca. Con el fin de que entendamos bien esta perseverancia, toma la comparación del amigo inoportuno y del juez inicuo: hay que pedir “sin vergüenza” ( Lc 11:8) e incluso hay que molestar a Dios hasta “inquietarlo” (Lc 11:8). Hay que hacer notar la fuerza de las expresiones utilizadas por Jesús y, al mismo tiempo, la bondad del Padre que se enternece a medida que crece la confianza de aquel que ora (Lc 18:7-8).

Jean Lafrange: La oración del corazón

 

Diumenge XXXIII durant l’any / B / 2018

 

 

Paraula de Déu

 

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Lectura espiritual

LECTURA ESPIRITUAL

La oración continua ha venido del deseo de dar gracias. En los “Relatos de un pelegrino ruso” se lee: “El domingo veinticuatro después de la Trinidad entré en la iglesia para rezar durante el oficio; se leía la epístola del Apóstol a los tesalonicenses, en el pasaje en que se dice: Rezad sin parar. Estas palabras penetraron profundamente en mi espíritu y me pregunté cómo era posible rezar sin parar cuando cada uno de nosotros se ha de ocupar de numerosos trabajos para llevar a término su propia vida”.

Entonces se puso en camino para realizar una peregrinación que es sobre todo una peregrinación al corazón. Buscó al hombre que pudiera decirle una “palabra de vida”; encontró mucha gente que le hizo discursos muy bonitos sobre la oración, pero no encontró al hombre que le enseñara a hacerla, hasta el día que llegó a un anciano de estos que irradian oración por todo su ser. Un anciano -tenga la edad que tenga- es aquel que está revestido de la verdadera belleza que sube del corazón. El ideal es armonizar las edades de la vida: la barba y los cabellos blancos con los ojos de un niño. Y es que la gracia de Dios embellece al hombre y el pecado lo deforma.

Encontró, pues, uno de estos ancianos que le dirigió estas palabras: “la oración de Jesús interior y constante es la invocación continua e ininterrumpida del nombre de Jesús por medio de los labios, del corazón y de la inteligencia, sintiendo su presencia siempre y en todo lugar, incluso mientras dormimos. Se expresa con estas palabras: Señor Jesús, ten piedad de mí. Aquel que se habitúa a esta invocación siente un gran consuelo y la necesidad de decirla siempre; al cabo de un tiempo ya no sabe estar sin decirla, es por ella sola que nace en él. ¿Comprendes, ahora, que es la oración perpetua?

No se trata de repetir esta oración mecánicamente, sino simplemente tal como viene siguiendo el ritmo de la respiración; al inspirar: “Señor Jesús”, y al expirar: “ten piedad de mi”. Se da aquí una posibilidad extremamente humilde y simple que era bien conocida en Occidente donde se recitaba a menudo la expresión del salmo: “Señor, ven a ayudarme”, o simplemente “Kyrie eleison”. Es una oración que se puede ampliar o, por el contrario, acortar hasta el simple recuerdo del Nombre tan amado: “Jesús”.

Es una manera de orar adaptada al hombre de hoy que confiesa que no tiene tiempo de orar. De hecho, cuando se practica esta oración, por poco que sea, descubrimos que se tiene más tiempo del que nos imaginamos: tiempo de subir una escalera, de andar por la calle, en el autobús o el tren… La invocación del nombre de Jesús está al abasto de los adoradores más humildes i, en cambio, introduce en los misterios más profundos. Se adapta a todas las circunstancias de tiempo y de lugar: el campo, la fábrica, la cocina le son compatibles. (Pero no podemos convertirla en una especie de yoga cristiano).

Lo que se propone la oración de Jesús es la toma de conciencia de la deificación del hombre creado a semejanza de Dios: conocer experimentalmente la gracia del Espíritu Santo, y vivir una alternancia de presencia y de ausencia de Dios.

Es en la unificación del hombre a partir del corazón donde reside la energía divina. El hombre iluminado por esta luz del Espíritu vive a partir de un centro que brilla e irradia toda su persona, sus sentidos y sus facultades. Y es allí donde se sitúa la verdadera ascesis. El corazón del hombre es el centro de la integración donde habita la energía bautismal. El nombre de Jesús, portador de su presencia, es el instrumento mayor de esta unificación. Es el tema de la vigilancia y la guarda del corazón. El hombre hace camino hacia la oración continua y filtra, sin parar, su corazón en el nombre de Jesús.

Jean Lafrange: La oración del corazón

 

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