Diumenge XXVI de durant l’any / C / 2019

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Lectura Espiritual

No se confunde la fe con el sentimiento, pero tampoco con el razonamiento. La oración no es puro ejercicio especulativo sin menospreciar, por otra parte la gran importancia de la inteligencia en la oración. La tradición cristiana sabe que para creer hay que entender, así como para entender hay que creer. Mientras más entiendo lo que creo, más luz tendré para continuar mi ascenso.

A veces nos llegarán maravillosas iluminaciones sobre tal o cual misterio de Cristo, o sobre el sentido de una frase de la Escritura. En la oración se dejará sentir el ejercicio de la inteligencia, como luz para descubrir los caminos de Dios, para considerar la enseñanzas contenidas en su Palabra, para relacionar un argumento con otro…

La inteligencia tiene, pues, un papel fundamental en la vida de oración, y si prescindiéramos de ella sería tanto como si cerráramos los ojos para no ver la luz. Lo que creemos debemos analizarlo, desmenuzarlo, ponderarlo. Dios cuenta con esa chispa participada de su propio Intelecto, y la teología no es sino la aplicación de la razón a la revelación divina. Pero la inteligencia humana tiene también sus límites.

Habrá muchas realidades terrenas y divinas que no comprendamos, y por eso debemos estar siempre abiertos a la imprescindible fe, dándole a Dios el obsequio de creer más allá de cualquier raciocinio. Lo que nos dice nuestra razón todavía no es Dios.

Él está no solo por encima de todo sentimiento sino también por encima de todo razonamiento. Lo que estamos dejando de decir -cuando tratamos de lo divino- es mucho más que lo que estamos diciendo. Y lo que nos hace trasponer esa tiniebla es, de nuevo, la fe. Ella penetra, como rayo infrarrojo, la oscuridad de la noche. El corazón abierto, rendido por la obediencia de la fe, descubre los tesoros de Dios.

La importancia capital de la fe está en que nos une a Dios en esta vida. Ni nuestros sentidos, ni nuestra razón pueden encontrar un asidero en Dios, pero la fe toca a Dios y nos mantiene en un vital contacto con Él que nos hace uno con Él.

El uso de nuestros sentidos y de nuestra razón puede, incluso, llegar a ser un obstáculo a esta unión, y así san Juan de la Cruz insiste en que estas facultades tienen que mortificarse completamente, y el alma tiene que aprender a vivir solo de la fe antes de que pueda unirse plenamente a Dios. Y puesto que la unión con Dios es la esencia de toda la vida espiritual, es evidente la importancia suprema de la fe en cada fase de esta vida; ante todo es indispensable en la oración.

Ricardo Sada; Consejos para la oración mental.

Diumenge XXV de durant l’any / C / 2019

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Lectura Espiritual

Por la fe tocamos a Dios, enseña san Agustín. La fe viene a ser algo así como accionar el interruptor de la corriente eléctrica; lo hacemos, y entonces podemos tener luz (¡la luz del mundo nuevo!). Nos ubicamos entonces en una nueva realidad, hemos llegado a la visión que nos proporciona la cima de la colina a que ascendimos.

Para nuestra fortuna, el interruptor funciona siempre. Dicho en otras palabras, si existe en nuestra alma la virtud infusa de la fe -si no la hemos perdido atentando contra ella-, basta que cada vez que lo deseemos, nos sea dado ascender a la montaña (sintiéndolo o sin sentirlo). Para creer hay que querer creer. La fe es un acto que reside formalmente en la voluntad -asistida por la gracia-, aunque materialmente en la inteligencia, porque se trata de creer verdades. De modo que, con un acto de mi voluntad, puedo cambiarme de mundo en el momento que lo decida -contando, claro está, con la gracia precedente-. Ese cambio será más fácil y más rápido a medida que más ejercitada esté mi fe, pero en cualquier caso es ella la que me pone en contacto con Dios.

Creemos, pues, para poder orar. Y para que no decaiga la fe mediante la que oramos, oremos. De la fe fluye la oración; y la oración que fluye suplica firmeza para la misma fe.

¿Y en qué confluye esa mutua interacción fe-oración ¿En la contemplación. “Necesitamos fe, ¡más fe!, y con la fe, la contemplación. La fe es el inicio de un recorrido maravilloso: “La luz de la fe nos conduce a la visión”, enseña santo Tomás. Una fe orante va haciéndose contemplación, introduciéndonos gradualmente en la intimidad con el Señor. El apóstol Juan, que se apoya en el corazón de Jesús, es un símbolo de todo cuanto la fe produce. La fe orante que se vuelve contemplación lleva a la comunión amorosa con Jesús, y se convierte en la liberación de mi yo, un yo que pretendía cerrarme en mí mismo… la fe, pues, desde su más íntima esencia, es un co-existir, es ubicarme fuera del aislamiento de mi yo, que era su enfermedad. Con el acto de fe me abro a la inmensidad; he roto las barreras de mi subjetividad lo que Pablo describe con las palabras: Ya no vivo, es Cristo quien vive en mí. Mi yo liberado se ha encontrado con un Yo mayor, nuevo. Este nuevo Yo, hacia el que la fe me libera, es el mismo Jesús, y por Él, con Él y en Él, me uno al Padre, al Espíritu Santo y a todo el mundo sobrenatural.

De modo que es la fe y solo ella la que nos encamina hacia la intimidad con Jesús, la que nos hace aventurarnos a descubrir, como Juan, los tesoros mismos de su Corazón. Las virtudes teologales nos completan el bastimento, el “arrimo” para ascender a la cumbre, hasta tocar a Dios, descansar en Él y gozar de su amor.

La necesidad más urgente que tenemos es crecer en la fe. A veces bromeo diciendo que, a fin de cuentas, el único problema serio en nuestra vida es nuestra falta de fe. En efecto, todos los demás problemas, cuando se enfrentan con fe, no son ya problemas sino más bien oportunidades de crecimiento humano y espiritual. De modo que la fe es indispensable, pero… no basta, sin embargo, tan solo la fe, para lograr las altas cotas de la intimidad divina. La intimidad perfecta se logra por el amor. De ahí que, para llegar al íntimo contacto con Dios, es preciso ejercitarse también en las virtudes de la esperanza y la caridad.

Ricardo Sada; Consejos para la oración mental.

El vídeo del Papa, setembre 2019. La protecció dels oceans (edició ampliada)

Aquest Video del Papa aborda el greu desafiament de protegir els oceans.
Yann Arthus-Bertrand i Michael Pitiot comparteixen l’advertència de Francisco i la urgència de prendre mesures per a la protecció dels oceans.

” Bon dia. Avui els voldria parlar d’una cosa que és molt important i em pesa al cor: parlar dels oceans.

Els oceans contenen la major quantitat de l’aigua del planeta i també la major varietat d’éssers vivents, molts d’ells amenaçats per diverses causes. I no ens adonem, o no ens volem fer càrrec.

No oblidem que de dues respiracions que jo faig, una és pels oceans.

Fa un mes vaig rebre un grup de pescadors. Set d’ells em van dir el següent: “en els últims mesos vam recollir 6 tones de plàstic”. Això és la mort dels oceans. És la mort de tot vivent. És la meva mort.

La Creació és un projecte d’amor, d’amor de Déu cap a la humanitat. Un enfocament interdisciplinari per afrontar les amenaces causades per la gestió injusta dels nostres mars ens ajudarà a afrontar aquest gran repte. I aquí es juga la nostra supervivència.

La nostra solidaritat amb la ‘casa comuna’ neix de la nostra fe.

Resem perquè els polítics, els científics, els economistes treballin junts per la protecció dels mars i dels oceans. ”

El Vídeo del Papa difon cada mes les intencions de pregària del Sant Pare pels desafiaments de la humanitat i de la missió de l’Església.

Si vols veure més vídeos sobres les intencions del Papa els trobaràs a http://www.elvideodelpapa.org

Diumenge XXIV de durant l’any / C / 2019

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Lectura Espiritual

Puede o no haber sentimiento en la oración, pero eso no es lo definitivo. Oramos con independencia de que sintamos algo o no sintamos absolutamente nada. Orar no es un ejercicio de sensibilidad, sino de fe. La fe es el medio, el único medio, capaz de hacernos entrar en contacto con Dios. Ninguna otra mediación descubre el Dios escondido.

La oración no tiene por qué asociarse a la aridez ni al consuelo, situaciones que dependen del querer divino. La oración tiene una base más firme, se basa en la fe, que es una luz que nunca se apaga. Si se va el consuelo, bien ido; si llegó la desolación, bienvenida. Pero la fe no padece vicisitudes, es compañera inseparable en medio de la oscuridad en la que nos movemos en la vida presente, como lámpara que luce en lugar oscuro, hasta que despunte el día y se levante en sus corazones el lucero de la mañana.

La fe permite orar, y la oración viene a resultar ejercicio de la fe. Se requieren mutuamente, se potencian una a la otra; por eso hemos de ejercitarlas sin cesar.

El hombre necesita de la oración para permanecer sano espiritualmente. Sin embargo la oración solo puede brotar de una fe viva. Pero la fe -y con eso se cierra un círculo- solo puede ser viva si se ora… la oración es la expresión más elemental de la fe, el contacto personal con Dios, al que fundamentalmente está enderezada la fe. Es posible que la oración deje de fluir durante algún tiempo sin que la fe se atrofie, pero a la larga es imposible creer sin orar, así como no se puede vivir sin respirar.

Entonces, ¿no tiene importancia lo que sintamos -o no sintamos- al orar? Tendremos que decir que sí, que tiene importancia, y por eso muchas veces Dios nos da sentimientos al orar: gozos, emociones, paz, conmociones, descansos, alientos… La Escritura invita a sentir: Haz la prueba y verás qué bueno es el Señor. Métete a orar y sentirás su bondad y su dulzura, parece sugerirnos. Pero al mismo tiempo recordamos que eso que sentimos no es Dios, porque Dios no es sensible. Él es el Espíritu puro y está más allá de cualquier percepción de nuestros apetitos sensitivos. Nos da sentimientos como prueba de su Bondad para con nosotros, buscando alentarnos en esta tarea, como el papá convence con golosinas al niño para que permanezca junto a él.

Aún más: si alguien no ha experimentado emoción alguna, ningún sentimiento de consuelo o de alegría en su oración, es que no ha orado en absoluto, sea por inconstancia, sea por superficialidad. Es bueno fomentar la sensibilidad, por ejemplo a través de celebraciones litúrgicas en las que los cantos, la solemnidad de las ceremonias, la belleza de ornamentos y vasos sagrados, eleven el espíritu. Con ellos nuestra sensibilidad se pone en movimiento, y muy provechosamente, permitiéndonos que de algún modo se hagan presentes los misterios invisibles. La sensibilidad es uno de los canales con los que Dios cuenta para comunicarse con nosotros.

Pero con sensibilidad o sin ella, lo insustituible en la oración es la fe. Sumidos como a veces estamos en completa insensibilidad espiritual y religiosa -inmersos en una verdadera apatía para todo lo interior-, siempre nos queda la fides, es decir, la fe que es al mismo tiempo confianza, fidelidad:

Perseverar en las horas de vacío espiritual tiene un valor especial que no puede ser substituido en ninguna otra oración por espontánea que ella sea. Significa, en efecto, comportarse plenamente según la fe, orar por fidelidad a la palabra de Dios y hablar en la oscuridad a Ese que oye aunque no sea percibido.

Ricardo Sada; Consejos para la oración mental.