El vídeo del Papa, juny de 2022. Per les families.

Quan et van bé les coses, o quan no et van tan bé, hi ha un lloc on sempre saps que trobaràs l’amor que necessites: la família. A ella hi dedica el Papa, per segon mes consecutiu, la seva intenció de pregària, precisament quan s’acosta la Trobada Mundial de les Famílies. I ho fa recordant-nos que “la família és el lloc on aprenem a conviure, conviure amb els més joves i amb els més grans”.

També ens recorda les dificultats que poden sorgir, ja que “sempre hi ha “peròs””. No obstant això, en aquests moments de dificultat “el Senyor és allà i ens acompanya, ens ajuda, ens corregeix” recordant-nos que “l’amor a la família és un camí personal de santedat”. Uneix-te a la pregària del Papa i comparteix-la amb la teva família.

“La família és el lloc on aprenem a conviure, conviure amb els més joves i amb els més grans.

I en estar units, joves, ancians, grans, nens, en estar units en les diferències, evangelitzem amb el nostre exemple de vida.

Per descomptat, no hi ha la família perfecta. Sempre hi ha “peròs”.

Però no passa res. No cal tenir por dels errors; cal aprendre’n per seguir endavant.

No oblidem que Déu és amb nosaltres: a la família, al barri, a la ciutat on habitem, està amb nosaltres. I ell es preocupa per nosaltres, roman amb nosaltres en tot moment al vaivé de la barca agitada pel mar: quan discutim, quan patim, quan estem alegres, el Senyor és allà i ens acompanya, ens ajuda, ens corregeix.

L’amor a la família és un camí personal de santedat per a cadascú de nosaltres.

Per això el vaig triar com a tema per a la Trobada Mundial de les Famílies d’aquest mes.

Preguem per les famílies cristianes de tot el món, per cadascuna i per totes les famílies, perquè, amb gestos concrets, visquin la gratuïtat de l’amor i la santedat a la vida quotidiana”.

 

Si vols veure més vídeos sobres les intencions del Papa els trobaràs a http://www.elvideodelpapa.org

 

ASCENSIÓ del SENYOR / C / 2022

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Una mirada artística a l’Evangeli del Diumenge, un gentilesa de l’Amadeu Bonet, artista.

 

Lectura Espiritual

PERDONAR LAS OFENSAS

Sufre el que no puede amar.

Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces? Le contesta Jesús: NO TE DIGO HASTA SIETE VECES, SINO HASTA SETENTA VECES SIETE. (Mt 18,21-22)

La dificultas para perdonar es nuestro principal obstáculo para llegar a Dios. No perdonar a alguien es lo mismo que guardar rencor a Dios, quien de alguna manera puso a esa persona en nuestro camino y a nosotros en el suyo.

Como no es posible vivir sin experimentar alguna ofensa, todos -incluso el propio Jesús- tenemos heridas en nuestro corazón. Ésa es la mala noticia. La buena, por contrapartida, es que todas las heridas sin excepción, con independencia de su gravedad, pueden sanarse. No es preciso padecerlas de por vida. Existen caminos para curarnos por dentro. Dado que, mientras estemos en este mundo, sufriremos agravios y, aunque nos pese, seremos causa de algunos, el trabajo espiritual del perdón es permanente: durante toda la vida habrá que tender la mano y devolver bien por mal para así desbloquear definitivamente el camino que lleva a la plenitud.

Ante la ofensa, lo más habitual es la venganza, es decir, devolver mal por mal. La segunda salida ante la ofensa es la amargura, que es una forma de autocastigo. Nos la guardamos dentro sin ser conscientes de su carácter devastador. La herida supura, va empobreciendo el rostro, agriándonos el carácter y ofuscando nuestro entendimiento. Es lo que se llama el rencor, que se extiende sobre el alma como un cáncer. Yo soy la viuda, dicen. O: yo soy el exiliado, el huérfano, el enfermo… Como si el mal padecido fuera lo que mayormente les definiese.

Por fortuna hay un tercer camino: el perdón. Si no estamos reconciliados unos con otros, difícilmente podremos hacer la experiencia de Dios. El primer paso de este proceso es, evidentemente, querer perdonar: una intención que no puede tenerse en poco, sobretodo si la ofensa sigue activa. Lo primero es un acto de voluntad. Claro que la voluntad no basta por sí sola.

El reconocimiento de las heridas que la ofensa nos ha dejado -que es el segundo paso-, tampoco resulta sencillo. Al ver que estamos heridos, o bien lo negamos y escondemos o bien buscamos remedio. Hay situaciones que no pueden resolverse. Son las situaciones que requieren un trabajo espiritual. Una persona con una fe adulta no acude a la oración para solucionar sus problemas, sino para estar con Dios; pero lo cierto es que estar con Dios va disolviendo, más que solucionando, nuestros problemas. La contemplación nos ayda a mirarlos sin huir, a padecerlos con amor, que es el único modo en que pueden sanar.

El tercer paso es mirar amorosamente -no morbosamente- la herida que nos ha dejado la ofensa. Cuando emerge la sombra: tristeza, rabia, celos…, y experimentamos inferioridad, culpa, insatisfacción…, todo eso hay que mirarlo con amor, con impronta compasiva y benevolente. No condenar el rencor. Mirarnos como nos miraría Dios. Brevemente, porque no podemos caer en la tentación de empezar a ensoñar, cavilar o proyectar soluciones prácticas. De lo que se trata es de padecer los sentimientos que se presenten, por oscuros que puedan ser (no de reprimirlos). Perdonar no es quitarse la culpa, sino cargarla. Perdonar es ir disolviendo, a fuerza de amor, esa carga que se ha hecho propia. Se trata de, en nuestra consciencia, devolver siempre bien por mal, para poder actuar del mismo modo en la vida cotidiana.

El último paso del proceso del perdón es volver sin vacilar al presente, que es donde está la salud y la vida.

Cicatrizar las propias heridas es la primera obligación moral dado que sólo quien está sano puede dar salud a los demás. Sólo quien está bien puede dar el bien. Al sanar podremos volver a amar al ofensor. No poder amar a los demás: ésa es la gran herida.

Pablo d’Ors, Biografía de la luz

DIUMENGE V de Pasqua / C / 2022

La Paraula de Déu

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Lectura Espiritual

NO RESISTIR AL MAL

Descubrir en la propia herida la herida del mundo.

Si tu ojo derecho te induce a pecar, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser arrojado entero al horno. Si tu mano derecha te induce a pecar, córtala y tírala. Más te vale perder un miembro que acabar entero en el horno. […] Habéis oído que se dijo: ojo por ojo, diente por diente. Pues yo os digo: No os resistáis al mal. Antes bien, si uno te abofetea en la mejilla derecha, ofrécele la izquierda. Al que quiere ponerte pleito para quitarte la túnica, déjale también el manto. […] Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: AMAD A VUESTROS ENEMIGOS, REZAD POR LOS QUE OS PERSIGUEN. Así seréis hijos de vuestro Padre del cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos y hace llover sobre justos e injustos. (Mt 5,29-30; 38-45)

No resistirse al mal es seguramente la enseñanza de Jesús menos aplicada. Si amamos nuestra bondad, nuestra inteligencia, o nuestra simpatía, ¿qué merito tenemos? ¿No hace eso todo el mundo? ¿Qué hay de especial, después de todo, en alegrarse con los propios talentos?

La ira, la pereza, el egoísmo, la gula… cada cual sabrá qué es lo que más le aflige: la envidia por el éxito ajeno, el sentimiento de inferioridad o de humillación, una vida mentirosa y doble, una infidelidad a la propia vocación… Todos estos vicios o defectos, también llamados demonios interiores, son la voz del alma. Son invitaciones a la autocompasión y propuestas de amor a uno mismo, sin el que no cabe soñar con el amor a los demás. Porque, con independencia de las oscuras o perniciosas que a primera vista te resulten todas esas fallas del carácter, en el fondo tu sabes que sólo son síntomas de tu inconmensurable necesidad de amor.

Si no somos compasivos es porque no miramos en profundidad. Para ver bien ayuda preguntarse: ¿qué hay de mí en esta situación o en esta persona? Y, ¿qué tiene esta situación o esta persona en mí? Sólo viendo lo parecidos que somos todos y lo unidos que estamos en el fondo es posible ese amor universal al que apunta el evangelio.

Nos pasamos media vida intentando reforzar la imagen que tenemos de nosotros mismos y que ofrecemos al mundo. Nos atacan y, como nos sentimos ofendidos, nos defendemos. ¿Qué pasaría si no nos defendiéramos? ¿Qué pasaría si toda nuestra energía, en lugar de aplicarla al odio, o dejarla allí retenida la volcáramos en el amor? ¿Qué sucedería si en lugar de reaccionar ante las agresiones, miráramos qué es lo que nos está pasando cuando me siento atacado?

El verdadero poder que todas las personas tenemos brilla en plenitud cuando la forma externa está debilitada. Es a esto a lo que apunta Jesús cuando invita a negarse a uno mismo y poner la otra mejilla. Quien en vez de golpear se deja golpear, ha tenido un proceso interior para llegar a ese heroísmo moral. A esto se refiere Jesús cuando advierte que el grano de trigo no puede dar fruto si no muere (Jn 12,24). Si fuéramos capaces de soportar durante cierto tiempo el impacto de la agresión, entraríamos en un territorio que es lo más vivo de cuanto hay en nosotros. No es casual que muchos santos hayan sido vistos por sus contemporáneos como tontos o locos.

Pablo d’Ors, Biografía de la luz

DIUMENGE IV de Pasqua / C / 2022

La Paraula de Déu

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Una mirada artística a l’Evangeli del Diumenge, un gentilesa de l’Amadeu Bonet, artista.

 

Lectura Espiritual

NO RESISTIR AL MAL

Descubrir en la propia herida la herida del mundo.

Si tu ojo derecho te induce a pecar, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser arrojado entero al horno. Si tu mano derecha te induce a pecar, córtala y tírala. Más te vale perder un miembro que acabar entero en el horno. […] Habéis oído que se dijo: ojo por ojo, diente por diente. Pues yo os digo: No os resistáis al mal. Antes bien, si uno te abofetea en la mejilla derecha, ofrécele la izquierda. Al que quiere ponerte pleito para quitarte la túnica, déjale también el manto. […] Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: AMAD A VUESTROS ENEMIGOS, REZAD POR LOS QUE OS PERSIGUEN. Así seréis hijos de vuestro Padre del cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos y hace llover sobre justos e injustos. (Mt 5,29-30; 38-45)

Estimamos la discriminación como normal y, en consecuencia, nos parece lógico luchar contra lo malo y lo injusto (la literatura cristiana está llena de exhortaciones a vencer el Maligno). Pero esto no es en absoluto lo que dice Jesús. Él llegó a afirmar lo contrario: no resistáis al mal. Practicad la no-violencia. Permitid que el mal haga su recorrido. No lo abortéis, que se deshinche por si solo, no lo azucéis. No le presentéis combate, pues es así como el mal crece. Limítate más bien a observarlo, ofrécele la otra mejilla para que se quede desconcertado. Para que vea que no va a ninguna parte. Para que se canse de no ir a ninguna parte. Todavía más: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen (Mt 5,44). Ama al malvado y se acabará el mal. Pero mientras se acaba, el sufrimiento debes padecerlo tú. El amor solo muestra su verdadero poder cuando se sufre por él. ¿Cómo podría mostrarlo si es -amor- de otro modo?

Ese consejo de Jesús es difícilmente comprensible, va contra el sentido común, contra la moral tradicional. Algo así sólo se entiende desde otro nivel de consciencia. Nuestra mente humana siempre pide guerra (ése es su estilo, no sabe vivir sin conflicto). La mente divina, en cambio, hace salir el sol sobre buenos y malos. Dios manda lluvia sobre justos e injustos, es decir, no discrimina, no separa: no trata mal a los malos (como nos parecería apropiado), sino bien a todos, sin excepción, con independencia de cualquier otra consideración. Al parecer, para Dios no es tan importante que seamos buenos o malos. Dios es in-diferente a todo eso, no hace diferencia. No hagas tú tampoco diferencias, no enjuicies y alcanzarás la paz, nos dice. A Él sólo le importa que somos personas. Para Él somos sus hijos más allá de nuestra respuesta a su paternidad.

Esta incondicionalidad de Dios no sólo nos resulta incomprensible, sino inaceptable. Nos cuesta comprender -y mucho más vivir- que el amor pueda ser completo y perfecto en sí mismo, sin necesidad de que reciba una contrapartida. Nos cuesta pensar en clave de uno, tendemos a la dualidad. Tienes problemas con la sombra porque crees que eso no eres tú. Amamos con condiciones y, si nos hacen daño, no sabemos amar. Un amor universal, en cambio, es aquél capaz de amarlo todo, también el mal. El mal deja de ser mal en la medida en que es amado. No te resistas al mal, disuélvelo en tu abrazo amoroso.

Pablo d’Ors, Biografía de la luz