XIII DOMINGO tiempo ordinario / C / 2022

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Una mirada artística a l’Evangeli del Diumenge, un gentilesa de l’Amadeu Bonet, artista.

Lectura Espiritual

EL CAMINO DE AMAÚS
Entender nuestro pasado bajo una nueva luz

No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba la Escritura? (Lc 24, 13-35)

Los discípulos de Emaús están volviendo a la madre, que es donde siempre se retorna tras los fracasos. Lo habían dejado casi todo por un hombre que pocos días antes había sido ejecutado y ahora están totalmente decepcionados. De la esperanza que su persona y mensaje había despertado en ellos ahora no queda nada. De eso, precisamente, van hablando por el camino: de su desilusión, de su no comprensión, de su estupidez por haberse fiado de aquel predicador, que les había embaucado con su entusiasmo. Este confesar la propia ignorancia o ceguera, nos da la clave fundamental para entender todo discipulado.

Lo extraordinario en este relato es que es el propio maestro quien se pone en el camino de los discípulos. No espera a que ellos vengan a Él, sino que Él se les presenta y, aún más, se interesa por su historia. No somos nosotros los que buscamos la luz, sino ella a nosotros. La aventura de estos caminantes comienza cuando acogen al forastero que les pregunta: ¿De qué vais hablando por el camino? O, lo que es lo mismo: ¿Por qué lloras? ¿Cuál es tu centro? ¿Dónde está tu corazón?

Su decepción es, en última instancia, sobre el concepto de Dios: ellos esperaban a un Dios fuerte y liberador (como nosotros) y con lo que se han encontrado (aunque aún no lo sepan) es con un mesías débil. Jesús no aparece: Jesús no empieza diciendo: aquí estoy, tengo la verdad, haz esto y encontrarás lo que buscas, sino que simula no saber. Nos recuerda de este modo que nadie es nunca plenamente reconocido por los otros, que la imagen que los demás tienen de nosotros rara vez coincide con la nuestra. Jesús deja que los otros se definan y que se sientan en casa. Éstas son las condiciones para que pueda empezar un camino espiritual. Primero hay que vaciarse de lo que tenemos dentro, desahogarse. No importa si se dicen barbaridades, hay que echarlo todo.

Tras escucharlos, Jesús empieza a enseñarles a releer su propia tradición, las Sagradas Escrituras. Quiere darles una clave que les permita adquirir una nueva comprensión de sí mismos y del maestro y, por ello, de la vida. En el fondo, toda reforma no es más que una profundización en la propia tradición. Lo único que necesitamos es que alguien que nos enseñe a entender nuestro pasado bajo una nueva luz.

El momento cumbre acontece en la fracción del pan. Sólo en el romperse de las esperanzas, de la autosuficiencia -y del pan- es cuando estamos capacitados para el reconocimiento de lo espiritual. Sólo en el pan, en la comunión humilde, es posible reconocer el verdadero Jesucristo. Sólo lo humilde es espiritual.

En ese momento de luz y contacto, Jesús se retira. Les da libertad de elección y les invita a que se pongan de nuevo en camino. Él no resuelve nuestros problemas. Él no nos exime de la noche fecunda del espíritu. Tras esa repentina desaparición, los discípulos se preguntan: ¿No ardía nuestro corazón mientras nos explicaba las Escrituras y partía para nosotros el pan? Y, con el corazón ardiente, parten hacia Jerusalén para ser allí testigos de lo que acaban de vivir.

Un corazón que arde no es posible entenderlo mientras arde, sino después. Como los discípulos de Emaús, quejándose por su destino y hablando sobre su desilusión, así es el parloteo de nuestra mente. Hay veces que nos pasamos toda la adoración siguiendo el hilo de nuestros pensamientos, como si fueran más importantes que la percepción.

Cuando lo hemos echado todo -o casi todo-, el yo profundo se recoge en un punto del cuerpo (el corazón, por ejemplo), y se ancla, tan suave como firmemente , en una palabra (una jaculatoria, una síntesis de las Escrituras). Esa palabra sencilla que, recitada con atención y devoción, hace que nos cuestionemos todo y que todo lo vayamos comprendiendo. La mente se va abriendo y el corazón ablandando. Entonces empezamos a escuchar.

Hasta que de pronto, inesperadamente, también la palabra desaparece como desaparece Cristo cuando es reconocido por los de Emaús. Es un momento único, un instante en que se comprende que el pan no es sólo para la supervivencia, sino para la transformación. El corazón se ha quedado encendido, aunque sólo sea por unos segundos. ¿Será cierto lo que he vivido?, nos preguntamos poco después, cuando la mente empieza a asomar. ¿Habré conocido por fin el verdadero silencio? ¿Podré volver alguna otra vez a “Emaús”?

Pablo d’Ors, Biografía de la luz