V DOMINGO de CUARESMA / C / 2022

La Palabra de Dios

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Una mirada artística a l’Evangeli del Diumenge, un gentilesa de l’Amadeu Bonet, artista.

Lectura Espiritual

Abandonar las preocupaciones (2)

La naturaleza no sana

No estéis preocupados por vuestra vida pensando qué vais a comer ni por vuestro cuerpo pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Mirad los pájaros del cielo: no siembran ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos? ¿Quién de vosotros, a fuerza de preocuparse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida? ¿Por qué os preocupáis por el vestido? Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y yo os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos. Pues si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se arroja al horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe? No andéis preocupados pensando en qué vais a comer, o que vais a beber, o con qué os vais a vestir. LOS PAGANOS SE AFANAN POR ESAS COSAS. Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad sobre todo el Reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura. Por tanto, no os preocupéis por el mañana, porque el mañana traerá su propia preocupación. (Mt 6,25-34)

Apenas sabemos vivir sin una permanente lucha mental. No es de extrañar que acabemos nuestras jornadas agotados. Los lirios del campo, en cambio, como las aves del cielo, viven en paz, sin preocupación de clase alguna. Claro que eso no les asegura que vayan a vivir para siempre y sin contratiempos.

Según Jesús, no es sensato preocuparse por la comida ni por el vestido, ni por las palabras que pronunciaríamos en defensa propia en el día de nuestro juicio (Mt 10,19-20). Nada del peregrinaje espiritual debe preocupar, puesto que la preocupación lo destruye todo. No hay que preparar defensa alguna ante el mundo, por si nos critican o miran mal. De eso se encarga el Espíritu. El discípulo debe limitarse a estar ahí, con fe, para que Él pueda hacerlo. Así que no es cuestión de elocuencia o preparación: la evangelización nunca depende de la cualificación humana del testigo.

Cualquier que lea o escuche estos consejos dirá que son los de un demente, alguien ajeno al trajín diario para ganarse la vida. Lo que Jesús quiere aquí decir es que ni la preocupación por lo material (la comida, el vestido) ni la preocupación por lo espiritual (las palabras, la justicia) nos van a ser de gran ayuda a la hora de la verdad (la de la muerte, la del juicio). No es que condene el hecho de planificar, sino que subraya que lo decisivo es el momento presente. Cada momento tiene su plenitud y su propio límite. No es el límite lo que nos angustia, sino su anticipación.

La meditación, la contemplación nos enseña a dejar las preocupaciones de lado, al menos durante algunos minutos al día. Luego vuelven, como es natural. Que vuelvan forma parte de la aventura del camino. Pero vuelven menos o con menos intensidad. Ese trabajo, esa siembra de silencios, antes o después da su cosecha. El fruto es que libre de las preocupaciones egocéntricas y pequeñas puedes al fin preocuparte por el Reino, es decir, por la plenitud de la humanidad.

¿Cuál es entonces la virtud de los lirios o la de los pájaros para tomarlos como modelos? Porque la manera de dejar las preocupaciones de lado es mirar a las aves del cielo y a los lirios del campo. La enfermedad del interior puede sanarse con la vida del exterior. La naturaleza sana la mente. Mirando la naturaleza te das cuenta de que eres naturaleza y que, por tanto, también a ti Dios te viste y alimenta. Experimentar la providencia es la consecuencia de una correcta percepción de la naturaleza.

Lo que se descubre al mirar los lirios y las aves es que son suaves, no rígidos; no se resisten a lo que les sobreviene, sino que se entregan. Viven tranquilamente su fugacidad y su fragilidad, que es tanto como decir su condición de seres vivos. Así que el camino espiritual no se construye con voluntades de hierro y nervios de acero, como tantos suelen pensar. El ascetismo no puede ser concebido ni vivido como una tortura o castigo, sino más bien como un juego, como una capacitación o un experimento. No que todo sea fácil pero tampoco alambicado o tortuoso.

El amor a la vulnerabilidad, el respeto a los procesos, la reconciliación con el límite, la belleza de lo imperfecto…, es de lo que habla el evangelio. Esta lectura franciscana del legado cristiano descubre la esencia del evangelio: un niño en una cuna, una estrella en el firmamento, unos pescadores en la orilla con sus barcas… ¿Tan difícil nos resulta ver lo que está ante nuestros ojos?

Pablo d’Ors, Biografía de la luz

 

 

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IV DOMINGO de QUARESMA / C / 2022

La Palabra d Dios

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Abandonar las preocupaciones (1)

La naturaleza no sana

No estéis preocupados por vuestra vida pensando qué vais a comer ni por vuestro cuerpo pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Mirad los pájaros del cielo: no siembran ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos? ¿Quién de vosotros, a fuerza de preocuparse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida? ¿Por qué os preocupáis por el vestido? Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. Y yo os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos. Pues si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se arroja al horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe? No andéis preocupados pensando en qué vais a comer, o que vais a beber, o con qué os vais a vestir. LOS PAGANOS SE AFANAN POR ESAS COSAS. Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad sobre todo el Reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura. Por tanto, no os preocupéis por el mañana, porque el mañana traerá su propia preocupación. (Mt 6,25-34)

Esa tendencia que tienen muchas personas supuestamente religiosas a lo insólito y llamativo es muy poco evangélica. Reacio al relumbrón de lo milagroso, y ante un auditorio que le pedía signos a toda hora, Jesús recorría más bien a lo que tenía más a mano. Ésta es una de sus principales características como orador: inspirarse en lo que constituía la vida cotidiana de los quienes le rodeaban, como por ejemplo las aves del cielo y los lirios del campo. Jesús es maestro porque enseña a ver lo extraordinario de lo ordinario, no porque haga las cosas raras o difíciles.

Sus palabras llaman la atención de muchos porque nunca hablaba para impresionar -como la mayor parte de los llamados maestros de este mundo-, sino para despertar. Para alimentar por dentro a quienes le escuchaban. Para compartir la dicha de estar vivos. Y a lo que hay que despertar es, precisamente, al lirio, al pájaro, a la nube, es decir, a lo que hay.

La principal dificultad para ver la nube, el pájaro o el lirio es sin duda la preocupación. Nuestra mente suele estar tan llena de toda clase de preocupaciones que difícilmente podemos hacernos cargo de lo que hay fuera de ellas. Esto ha provocado que disfrutar sea hoy lo más difícil del mundo. Disfrutar se ha convertido en un estado de excepción. Pocos son los que disfrutan de verdad, sin reservas, entregados al deleite y olvidados de todo lo demás. Tendemos más bien a mendigar el disfrute, como si no fuera sobreabundante. O a racionarlo y acumularlo, como si no hubiera ocasiones sobradas para gozarlo. Tendemos a buscarlo ávidamente, despreciando el que se nos brinda. O a analizarlo desde todas las perspectivas posibles, en lugar de sumergirnos en él. Nuestra relación con el disfrute (en particular entre cristianos) es tan patética como paradójica. Y la culpa de todo la tienen las preocupaciones, de las que no es posible sacar nada bueno. Nada, ninguna preocupación tien nada de bueno. Es increíble hasta qué punto podemos dejarnos atrapar por ellas cuando todo lo que nos ofrecen es claramente nocivo. No se puede seguir a Jesús y estar preocupado por las cosas mundanas, sencillamente es incompatible.

Además de impedir el disfrute de los sencillos placeres de la vida (y todos los verdaderos placeres son sencillos, no sofisticados), las preocupaciones impiden trabajar. Porque la preocupación nos centra obsesivamente en nosotros mismos, alejándonos de los demás, y nos orienta por necesidad al futuro, sacándonos del presente (y estar en lo que estás es la condición básica para que un trabajo sea eficaz).

La preocupación (al igual que la borrachera, aunque extrañe la comparación) también embota el corazón e impide pensar. Jesús mismo lo advierte: poned atención que no se os embote la mente con el vicio, la embriaguez o las preocupaciones de la vida, de modo que os sorprenda de repente aquel día (Lc 21,34). Las preocupaciones -así me gusta definirlas- son los pensamientos oscuros. Quien vive muy preocupado es sólo porque quiere controlarlo todo. Porque no acepta que la vida sea sie,pre inesperada e incierta. Quien vive despreocupado, en cambio, ha comprendido que todo puede cambiar (¡y de hecho cambia!) a cada rato. Ha dejado de pelearse con la vida buscando ajustarla a lo que él cree que debería ser. Quienes tienen preocupaciones muestran con sus preocupaciones que se creen más listos que la vida, a la que siempre quieren enmendarle la plana. Por eso, sólo los sencillos viven sin preocupaciones.

Pablo d’Ors, Biografía de la luz

 

 

 

III DOMINGO de QUARESMA / C / 2022

La Paraula de Déu

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Dejar la família

Hay algo superior a los lazos de sangre

No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no vine a traer paz, sino espada. HE VENIDO A ENFRENTAR AL HOMBRE CONTRA SU PADRE, a la hija contra su madre, a la nuera contra su suegra; y los enemigos de uno son los de su propia casa. Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; quien ame a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. Quien no tome su cruz para seguirme, no es digno de mí. (Mt 10,34-38)

Junto con sus enseñanzas sobre el templo y el culto, así como su interpretación del precepto del sábado, estas sentencias de Jesús sobre la familia fueron sin duda las que más enervaron a los fariseos y, en general, al poder establecido de aquella época. Para sorpresa de todos, Jesús se pone por encima de la unidad familiar. Para él hay algo superior a los lazos de sangre: los del espíritu. Y, lo que es más asombroso: para Jesús, su persona, él mismo, es el criterio definitivo a la hora de crear y de vivir los lazos del espíritu.

Claro que la familia parece lo más difícil de abandonar. Tras lo material, el segundo obstáculo más evidente es el afectivo, y es por donde hay que continuar la tarea del desapego. Cuesta dejar la familia porque es nuestra raíz; sin ella, no tendríamos nuestra herencia biológica ni nuestra herencia formativa y cultural. Por supuesto que la familia no debería ser un impedimento para la vida espiritual. Consagrarse a la familia tendría que ser, ciertamente, una forma de consagrarse a Dios. El hijo, la esposa, el padre, la hermana… son regalos de Dios y, por tanto, subordinados a Él. Si esa familia nos impide ir a Dios, es que a quien nos estamos consagrando es a nosotros mismos.

Este abandono de la propia familia, al que Jesús nos invita sin ambages, va precedido de una advertencia: Jesús no trae paz, sino espada. No es posible obviar la confrontación con los propios familiares. La espiritualidad es la forma de vivir constructivamente los conflictos.

No se trata tan solo de que la vida de Jesús terminase en la cruz, sino que se desarrolló bajo el signo de la cruz: suscitó polémica, enfrentó a a las personas entre si, generó división y ruptura, planteó sufrimientos y contradicción… Sólo ofrece un consuelo, una paradoja pura: si para el mundo pierdes, más ganarás. ¿Estás dispuesto a perder? Este es el precio, según el evangelio, para ganar. Sólo quien pierde comprende a que sabe la victoria. Sólo un crucificado puede ser discípulo del Crucificado.

Tampoco en la práctica contemplativa se encontrará la paz, sino más bien el combate. El camino es escarpado y hasta escabroso. Se trata de un camino lleno de trampas y de senderos falsos, en los que puedes entretenerte durante años, perdiendo la vida, perdiéndote en lo que creías que era la vida. Es un camino lleno de piedras, en el que resulta difícil no tropezar. Hay algunos precipicios por los que puedes caer.

Aun con la aflicción que comporta, el combate espiritual también es hermoso, puesto que en él están ya las huellas del tesoro que buscamos. Las huellas no son el tesoro, sino el anticipo.

No he venido a traer paz, sino espada. Esa espada tan necesaria para el camino, es la del discernimiento: la que separa el trigo de la cizaña, lo bueno de lo malo, lo recto de lo torcido. En la práctica del silencio se necesita una espada bien afilada para cortar las lianas de las distracciones, para alejar las fieras de nuestras sombras o demonios interiores. Esa espada, ese báculo, es la palabra sagrada o jaculatoria. Pronunciar una jaculatoria con fidelidad y devoción ayudará a recorrer el camino y a descubrir que Él es el camino mismo. El camino es Su nombre.

La práctica meditativa nos enfrenta con nuestros padres interiores (nuestro pasado), con nuestros hijos interiores (nuestro futuro) y con nuestros cónyuges interiores (nuestro presente). Empezamos a meditar con todo lo que somos, no puede ni debe ser de otra manera. Pero únicamente perseveramos si todo eso (nuestra familia) lo vamos dejando atrás.

Pablo d’Ors, Biografía de la luz

 

 

 

La Paraula de Déu

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Dejar la família

Hay algo superior a los lazos de sangre

No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no vine a traer paz, sino espada. HE VENIDO A ENFRENTAR AL HOMBRE CONTRA SU PADRE, a la hija contra su madre, a la nuera contra su suegra; y los enemigos de uno son los de su propia casa. Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; quien ame a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. Quien no tome su cruz para seguirme, no es digno de mí. (Mt 10,34-38)

Junto con sus enseñanzas sobre el templo y el culto, así como su interpretación del precepto del sábado, estas sentencias de Jesús sobre la familia fueron sin duda las que más enervaron a los fariseos y, en general, al poder establecido de aquella época. Para sorpresa de todos, Jesús se pone por encima de la unidad familiar. Para él hay algo superior a los lazos de sangre: los del espíritu. Y, lo que es más asombroso: para Jesús, su persona, él mismo, es el criterio definitivo a la hora de crear y de vivir los lazos del espíritu.

Claro que la familia parece lo más difícil de abandonar. Tras lo material, el segundo obstáculo más evidente es el afectivo, y es por donde hay que continuar la tarea del desapego. Cuesta dejar la familia porque es nuestra raíz; sin ella, no tendríamos nuestra herencia biológica ni nuestra herencia formativa y cultural. Por supuesto que la familia no debería ser un impedimento para la vida espiritual. Consagrarse a la familia tendría que ser, ciertamente, una forma de consagrarse a Dios. El hijo, la esposa, el padre, la hermana… son regalos de Dios y, por tanto, subordinados a Él. Si esa familia nos impide ir a Dios, es que a quien nos estamos consagrando es a nosotros mismos.

Este abandono de la propia familia, al que Jesús nos invita sin ambages, va precedido de una advertencia: Jesús no trae paz, sino espada. No es posible obviar la confrontación con los propios familiares. La espiritualidad es la forma de vivir constructivamente los conflictos.

No se trata tan solo de que la vida de Jesús terminase en la cruz, sino que se desarrolló bajo el signo de la cruz: suscitó polémica, enfrentó a a las personas entre si, generó división y ruptura, planteó sufrimientos y contradicción… Sólo ofrece un consuelo, una paradoja pura: si para el mundo pierdes, más ganarás. ¿Estás dispuesto a perder? Este es el precio, según el evangelio, para ganar. Sólo quien pierde comprende a que sabe la victoria. Sólo un crucificado puede ser discípulo del Crucificado.

Tampoco en la práctica contemplativa se encontrará la paz, sino más bien el combate. El camino es escarpado y hasta escabroso. Se trata de un camino lleno de trampas y de senderos falsos, en los que puedes entretenerte durante años, perdiendo la vida, perdiéndote en lo que creías que era la vida. Es un camino lleno de piedras, en el que resulta difícil no tropezar. Hay algunos precipicios por los que puedes caer.

Aun con la aflicción que comporta, el combate espiritual también es hermoso, puesto que en él están ya las huellas del tesoro que buscamos. Las huellas no son el tesoro, sino el anticipo.

No he venido a traer paz, sino espada. Esa espada tan necesaria para el camino, es la del discernimiento: la que separa el trigo de la cizaña, lo bueno de lo malo, lo recto de lo torcido. En la práctica del silencio se necesita una espada bien afilada para cortar las lianas de las distracciones, para alejar las fieras de nuestras sombras o demonios interiores. Esa espada, ese báculo, es la palabra sagrada o jaculatoria. Pronunciar una jaculatoria con fidelidad y devoción ayudará a recorrer el camino y a descubrir que Él es el camino mismo. El camino es Su nombre.

La práctica meditativa nos enfrenta con nuestros padres interiores (nuestro pasado), con nuestros hijos interiores (nuestro futuro) y con nuestros cónyuges interiores (nuestro presente). Empezamos a meditar con todo lo que somos, no puede ni debe ser de otra manera. Pero únicamente perseveramos si todo eso (nuestra familia) lo vamos dejando atrás.

Pablo d’Ors, Biografía de la luz

 

 

 

II DOMINGO de CUARESMA / C / 2022

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Venderlo todo

Se camina mejor sin equipaje

Es más fácil para un camello PASAR POR EL OJO DE UNA AGUJA que para un rico entrar en el Reino de Dios (Mt 19,24)

Pasar un camello por el ojo de una aguja es sin duda una tarea absurda y demencial. ¿A qué viene esta exageración? Jesús pretende que nos demos cuenta de la desproporción entre el hombre y Dios, que veamos la imposibilidad de llegar a Él por nuestros meros esfuerzos.

La tendencia natural, reforzada por un sinfín de interpretaciones, es ver en esto del camello y del ojo de la aguja un conflicto irresoluble entre lo material y lo espiritual. Si tienes bienes -ésa parece la conclusión-, no puedes seguir un camino espiritual. Una perspectiva ante la que no es de extrañar que muchos se desalienten y abandonen.

Per ¿qué pasaría -me pregunto- si entendiéramos esta afirmación de Jesús subrayando la íntima relación que existe entre lo espiritual y lo sencillo? Todo lo espiritual es sencillo, la sencillez es el criterio para saber si algo es o no espiritual. Diría todavía más: todo lo sencillo es espiritual, es decir, alimenta el alma y nos da vida. La vida es el único criterio de la espiritualidad.

La vida de una persona rica, en cambio, casi nunca es sencilla. Los ricos tienen siempre muchas cosas en que pensar: dónde invertir su dinero, por ejemplo, qué comprar para rentabilizar su capital, cómo proteger sus posesiones e intereses, a quién contratar… No, la vida de los ricos no suele ser muy envidiable. Antes o después, sus posesiones se les revelan como pesadas cargas, origen de muchas de sus enfermedades. Las posesiones suelen conducir a lamentables conflictos familiares, a enfrentamientos personales, a luchas intestinas…

Como buen maestro, Jesús advirtió que el peligro de tener muchas cosas es quedarse sin disfrutar de ninguna. Que todo rico es, antes o después, esclavo de su riqueza. Que la pobreza (no la miseria) es fuente de libertad y de plenitud.

No hace falta ser un gran sabio para darse cuenta de que el camino de la vida se hace más a gusto sin equipaje (o al menos con equipaje ligero), por elemental que esto sea, son incontables los que van por ahí arrastrando fardos y baúles de gran tamaño. Lo más increíble de todo es que, aun con esos baúles -tan descomunales- haya quien quiera hacer el camino espiritual sin desprenderse de ellos. Servir a Dios y al dinero (Mt 6,24) es un contrasentido. Si quieres servir a Dios y al poder, siempre sucede lo mismo: que conviertes el poder en tu Dios.

Pocos entienden que venderlo todo significa, simple y llanamente, tener el corazón plenamente en el discipulado. El primer obstáculo para ello es el material; el segundo es el afectivo; el tercero, el mental. Superadas estas tres dificultades, empieza el verdadero discipulado. La primera amenaza es el tener. Por eso, venderlo todo es el primer paso. Sólo por un gran amor somos capaces de abandonar todo lo demás. No nos desapegamos de este mundo porque nuestro corazón no está en él.

Es muy fácil averiguar dónde tenemos el corazón: basta comprobar a qué nos dedicamos cada día. Basta ver qué estamos pensando todo el rato. Pocas cosas resultan tan claras como dónde está nuestro corazón y pocas nos resultan tan difíciles de admitir. ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde la vida? (Mt 16,26).

Junto a esta acepción negativa de la pérdida, está, por supuesto la positiva: Quien se aferre a la vida, la perderá; quien la pierda por mí, la conservará… (Mt 10,39). Lo de perder la vida nos asusta y repele. Preferimos más bien ganar, adquirir, crecer, sumar… pero la respuesta cristiana es inequívoca: para llegar a ser quien verdaderamente eres, debes primero perder a quien ahora crees que eres. Sin este movimiento de pérdida, la dinámica del espíritu no se desencadena.

Pablo d’Ors, Biografía de la luz