Domingo XXVII del tiempo ordinaio / C / 2019

Leer la Palabra de Dios

Leer la Hoja Dominical

 

Lectura Espiritual

Estas consideraciones revisten una consecuencia consoladora. No importa lo que sientas, ni tampoco lo que entiendas o no entiendas. La oración no depende del coeficiente intelectual ni del estado anímico. No tenéis que sentir arrobamientos, ni advertir descubrimientos teológicos o soluciones geniales cuando oras.

Ora, simplemente, con sencillez, llevando tus armas abatidas, es decir, a corazón abierto, sin defensa, con la fe a punto. Si tú lo quieres, ya está ahí, subiste a la montaña, te elevó la fe. Traspusiste la puerta. Has hecho un ejercicio de virtud teologal que te hace tocar a Dios. Con independencia de lo que sientas o entiendas.

Si se sabe orar en la fe, el vacío del espíritu queda colmado. Dios no es ya solamente idea, imagen de la fantasía o sentimiento, sino realidad viviente que no permanece en una beatífica e indiferente lejanía, sino junto al hombre.

De modo que valoremos la fe, contemos con ella. Es un Don maravilloso y muchas veces no lo valoramos suficientemente. Porque se trata de una realidad humilde, discreta, muy interior. Es disposición del corazón y de la voluntad, es apertura, es el ¡Si! a la revelación de Dios y a sus promesas. Es firmar un pagaré que no se hará efectivo sino en la eternidad. Quedarnos por ahora sin comprobar nada, en actitud de sumisión y confianza.

Pero esa disposición abierta y rendida es la que nos da libre acceso a las grandezas de los misterios divinos. Porque, en cierto sentido, todas nuestras fallas -en la esperanza, en la caridad, en las virtudes morales-, derivan de una falta de fe.

Jesús la pedía siempre, y manifestaba muy a las claras su enfado cuando percibía corazones cerrados a su palabra y a su Persona. No creerle era no acogerlo, no recibir en la habitación interior el Huésped que llama sin cesar a nuestra puerta.

Ricardo Sada; Consejos para la oración mental.

El video del Papa, octubre 2019. Primavera misionera en la Iglesia

 

Con el lema «Bautizados y enviados» el Papa Francisco ha convocado para este octubre el Mes Misionero Extraordinario en el centenario de la carta apostólica Maximun illud de Benedicto XV, quien quiso dar a toda la Iglesia un fuerte impulso al compromiso misionero de anunciar el Evangelio. Con esta celebración el Santo Padre quiere despertar la conciencia de la misión ad gentes y retomar con un nuevo impulso la responsabilidad de todos los bautizados en proclamar el Evangelio.

El Santo Padre ha indicado cuatro dimensiones para preparar y vivir este Mes. La primera es la unión personal con Cristo que puede ser favorecida por medio de la Eucaristía, la Palabra de Dios y la oración personal y comunitaria. También hay que aprovechar este tiempo para la formación misionera: formación bíblica, catequética, espiritual y teológica sobre la misión ad gentes. Una tercera dimensión es el testimonio misionero recordando y actualizando el testimonio de santos misioneros, mártires de la misión y confesores de la fe. Y, finalmente, en cuarto lugar, la caridad. Un signo de caridad hecho ayuda como apoyo material para llevar adelante el inmenso trabajo de evangelización y también como ayuda para la formación cristiana de las Iglesias más necesitadas.

El Video del Papa difunde cada mes las intenciones de oración del Santo Padre por los desafíos de la humanidad y de la misión de la Iglesia.

Si vols veure més vídeos sobres les intencions del Papa els trobaràs a http://www.elvideodelpapa.org

 

Domingo XXVI de durant l’any / C / 2019

Leer la Palabra de Dios

Leer la Hoja Dominical

 

Lectura Espiritual

No se confunde la fe con el sentimiento, pero tampoco con el razonamiento. La oración no es puro ejercicio especulativo sin menospreciar, por otra parte la gran importancia de la inteligencia en la oración. La tradición cristiana sabe que para creer hay que entender, así como para entender hay que creer. Mientras más entiendo lo que creo, más luz tendré para continuar mi ascenso.

A veces nos llegarán maravillosas iluminaciones sobre tal o cual misterio de Cristo, o sobre el sentido de una frase de la Escritura. En la oración se dejará sentir el ejercicio de la inteligencia, como luz para descubrir los caminos de Dios, para considerar la enseñanzas contenidas en su Palabra, para relacionar un argumento con otro…

La inteligencia tiene, pues, un papel fundamental en la vida de oración, y si prescindiéramos de ella sería tanto como si cerráramos los ojos para no ver la luz. Lo que creemos debemos analizarlo, desmenuzarlo, ponderarlo. Dios cuenta con esa chispa participada de su propio Intelecto, y la teología no es sino la aplicación de la razón a la revelación divina. Pero la inteligencia humana tiene también sus límites.

Habrá muchas realidades terrenas y divinas que no comprendamos, y por eso debemos estar siempre abiertos a la imprescindible fe, dándole a Dios el obsequio de creer más allá de cualquier raciocinio. Lo que nos dice nuestra razón todavía no es Dios.

Él está no solo por encima de todo sentimiento sino también por encima de todo razonamiento. Lo que estamos dejando de decir -cuando tratamos de lo divino- es mucho más que lo que estamos diciendo. Y lo que nos hace trasponer esa tiniebla es, de nuevo, la fe. Ella penetra, como rayo infrarrojo, la oscuridad de la noche. El corazón abierto, rendido por la obediencia de la fe, descubre los tesoros de Dios.

La importancia capital de la fe está en que nos une a Dios en esta vida. Ni nuestros sentidos, ni nuestra razón pueden encontrar un asidero en Dios, pero la fe toca a Dios y nos mantiene en un vital contacto con Él que nos hace uno con Él.

El uso de nuestros sentidos y de nuestra razón puede, incluso, llegar a ser un obstáculo a esta unión, y así san Juan de la Cruz insiste en que estas facultades tienen que mortificarse completamente, y el alma tiene que aprender a vivir solo de la fe antes de que pueda unirse plenamente a Dios. Y puesto que la unión con Dios es la esencia de toda la vida espiritual, es evidente la importancia suprema de la fe en cada fase de esta vida; ante todo es indispensable en la oración.

Ricardo Sada; Consejos para la oración mental.

Domingo XXV de durant l’any / C / 2019

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Lectura Espiritual

Por la fe tocamos a Dios, enseña san Agustín. La fe viene a ser algo así como accionar el interruptor de la corriente eléctrica; lo hacemos, y entonces podemos tener luz (¡la luz del mundo nuevo!). Nos ubicamos entonces en una nueva realidad, hemos llegado a la visión que nos proporciona la cima de la colina a que ascendimos.

Para nuestra fortuna, el interruptor funciona siempre. Dicho en otras palabras, si existe en nuestra alma la virtud infusa de la fe -si no la hemos perdido atentando contra ella-, basta que cada vez que lo deseemos, nos sea dado ascender a la montaña (sintiéndolo o sin sentirlo). Para creer hay que querer creer. La fe es un acto que reside formalmente en la voluntad -asistida por la gracia-, aunque materialmente en la inteligencia, porque se trata de creer verdades. De modo que, con un acto de mi voluntad, puedo cambiarme de mundo en el momento que lo decida -contando, claro está, con la gracia precedente-. Ese cambio será más fácil y más rápido a medida que más ejercitada esté mi fe, pero en cualquier caso es ella la que me pone en contacto con Dios.

Creemos, pues, para poder orar. Y para que no decaiga la fe mediante la que oramos, oremos. De la fe fluye la oración; y la oración que fluye suplica firmeza para la misma fe.

¿Y en qué confluye esa mutua interacción fe-oración ¿En la contemplación. “Necesitamos fe, ¡más fe!, y con la fe, la contemplación. La fe es el inicio de un recorrido maravilloso: “La luz de la fe nos conduce a la visión”, enseña santo Tomás. Una fe orante va haciéndose contemplación, introduciéndonos gradualmente en la intimidad con el Señor. El apóstol Juan, que se apoya en el corazón de Jesús, es un símbolo de todo cuanto la fe produce. La fe orante que se vuelve contemplación lleva a la comunión amorosa con Jesús, y se convierte en la liberación de mi yo, un yo que pretendía cerrarme en mí mismo… la fe, pues, desde su más íntima esencia, es un co-existir, es ubicarme fuera del aislamiento de mi yo, que era su enfermedad. Con el acto de fe me abro a la inmensidad; he roto las barreras de mi subjetividad lo que Pablo describe con las palabras: Ya no vivo, es Cristo quien vive en mí. Mi yo liberado se ha encontrado con un Yo mayor, nuevo. Este nuevo Yo, hacia el que la fe me libera, es el mismo Jesús, y por Él, con Él y en Él, me uno al Padre, al Espíritu Santo y a todo el mundo sobrenatural.

De modo que es la fe y solo ella la que nos encamina hacia la intimidad con Jesús, la que nos hace aventurarnos a descubrir, como Juan, los tesoros mismos de su Corazón. Las virtudes teologales nos completan el bastimento, el “arrimo” para ascender a la cumbre, hasta tocar a Dios, descansar en Él y gozar de su amor.

La necesidad más urgente que tenemos es crecer en la fe. A veces bromeo diciendo que, a fin de cuentas, el único problema serio en nuestra vida es nuestra falta de fe. En efecto, todos los demás problemas, cuando se enfrentan con fe, no son ya problemas sino más bien oportunidades de crecimiento humano y espiritual. De modo que la fe es indispensable, pero… no basta, sin embargo, tan solo la fe, para lograr las altas cotas de la intimidad divina. La intimidad perfecta se logra por el amor. De ahí que, para llegar al íntimo contacto con Dios, es preciso ejercitarse también en las virtudes de la esperanza y la caridad.

Ricardo Sada; Consejos para la oración mental.