Domingo I de Cuaresma / C / 2019

Leer la Hoja Dominical

 

 

Lectura espiritual

Lo que nos da humildad es una mirada profunda a la santidad. La adoración supone la humildad, y es sobre todo la adoración del rostro de Dios, que no se parece a nada, que nos hace humildes: “Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y prudentes y las has rebelado a los pequeños” (Mt 11:25). Jesús no dice a los “bendecidos” sino a los “pequeños”, que son de rebote los más inteligentes. La verdadera inteligencia es el candor y la simplicidad de una mirada que penetra al fondo de las cosas.

Una mirada humilde está fascinada de otra cosa que de sí misma, y así se ve liberada de todas las complicaciones. Entonces se comprende porqué la humildad se encuentra lejos del complejo de inferioridad o del complejo de superioridad que es siempre la misma cosa; no es la mirada sobre sí mismo (que es inevitable y que la Virgen María también tenía), sino el hecho de pararse sobre sí mismo y de meditar tanto sobre las miserias como sobre los gozos.

No pararíamos nunca de hablar de la humildad que conduce a la adoración, digamos que está íntimamente ligada a la confianza en Dios. San Agustín dirá que el hombre se ve permanentemente solicitado por dos imantaciones incompatibles: amarse a sí mismo hasta el desprecio de Dios y amar a dios hasta el desprecio de sí mismo.

En este sentido, el hombre solo puede hacer de su vida una eucaristía o una oración de alabanza en la medida que se gira hacia el Rostro de Dios, poniendo en él su esperanza y su confianza: es la fuente de su gozo y, por tanto, de su alabanza y su adoración. Quien pone en Dios su confianza se ve liberado de toda preocupación, ya no tiene miedo de nada ni de nadie; es un ser libre. Un santo puede tener todavía miedo de los acontecimientos que le desconcertarán siempre, pero ya no puede tener miedo de Aquel que lleva los acontecimientos, ya que “sabe bien en quien ha creído” (2Tm 1:12).

Desde el momento que ha puesto su confianza en Dios, sabe que todos los acontecimientos de su vida son aderezados por su mano paternal (Lc 12:22) y vive de su gracia. Y así puede proclamar como la Virgen María que Dios es Santo: “Todas las generaciones me dirán bienaventurada porque el Todopoderoso obra en mí maravillas. Su nombre es Santo (Lc 1:48-49). Pero para celebrar la gloria de este Rostro, se necesita una cosa muy diferente de la evidencia, se necesita el amor.

Para el hombre de oración, la celebración de la gloria de Dios no es un deber o una deuda que hay que pagar, sino que es la expresión posiblemente más auténtica de su maravillarse ante este Rostro. Es la cima de su vocación de hijo del Padre, de hermano de Cristo y de templo del Espíritu. El Templo de su cuerpo se ha convertido en una “casa de oración” donde glorifica a Dios: “Acercaros a él, piedra viva, desechada por los hombres, pero escogida por Dios, honrada; y también vosotros, como piedras vivas, prestaos a la edificación de una casa espiritual, para formar un sacerdocio santo y ofrecer sacrificios espirituales agradables a Dios, por Jesucristo” (1Pe 2:4-5).

La totalidad de la existencia es sentida como un acto litúrgico: “Tanto si coméis como si bebéis, como si hacéis cualquier otra cosa, hacedlo todo a gloria de Dios” (1Co 10:31). Hay una manera evangélica y litúrgica de hacer las acciones cotidianas y habituales. Un payés en su campo, un obrero en el taller, un profesor en el instituto pueden liberar la nueva creación que “gime esperando su liberación en el hombre nuevo” (Rm 8:18-23), si purifican sus acciones y sus miradas por la oración de Jesús. Es la oración en la vida o la contemplación en la acción.

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Jean Lafrange: La oración del corazón

El video del Papa, marzo 2019. Reconocimiento de los derechos de las comunidades cristianas

Hoy, nuestra sociedad tan moderna, tan avanzada, sigue persiguiendo a personas por motivo de su fe. Hay gente que muere, que es perseguida por seguir a Jesucristo. Sin contar la discriminación de los cristianos en tantos países donde no son reconocidos o donde de manera sutil, con exacciones e insultos se niega su existencia. ¡Defendamos sus derechos!

“Quizás nos cueste creerlo, pero hoy hay más mártires que en los primeros siglos.

Son perseguidos porque a esta sociedad, le dicen la verdad y anuncian a Jesucristo.

Esto sucede especialmente allí donde la libertad religiosa todavía no está garantizada.

Pero también en países que en la teoría y en los papeles tutelan la libertad y los derechos humanos.

Recemos para que las comunidades cristianas, en especial aquellas que son perseguidas, sientan la cercanía de Cristo y tengan sus derechos reconocidos.”

El Video del Papa difunde cada mes las intenciones de oración del Santo Padre por los desafíos de la humanidad y de la misión de la Iglesia.

Si quieres ver más videos sobres las intenciones del Papa los encontrarás a http://www.elvideodelpapa.org

 

 

Domingo VIII del tiempo ordinario / C / 2019

Palabra de Dios

Leer la Hoja Dominical

 

 

Lectura espiritual

San Pablo invita al cristiano a suplicar a Dios en toda necesidad, pero le pide que su oración esté saturada de acción de gracias, y la razón de esta alabanza es que el Señor está cerca: “No os inquietéis por nada, más bien manifestad a Dios en toda ocasión vuestras necesidades por medio de la oración y la súplica, con acción de gracias” (Fl 4:6). Es importante hacer notar la primera expresión de Pablo: “No os inquietéis por nada”; en otras palabras: “¡no hagáis caldo de cultivo de vuestras preocupaciones!”.

Aquí descubrimos la fuente de la oración de alabanza en aquel que ve la presencia del Resucitado en todas las cosas. En el fondo, es la fe y la confianza las que le llevan a bendecir a Dios.

Mientras contamos con nosotros, con nuestras propias fuerzas, nuestros méritos, nuestras virtudes o nuestro ambiente, nos sentimos inquietos e indecisos. Pero el día en que solo nos fijamos en Jesucristo, nuestro centro de gravedad cae en el Padre y exultamos de gozo porque recibimos cada instante de nuestra vida como un don de la ternura de Dios.

La confianza es la preferencia permanente que damos a otra luz que no es la nuestra. Lo importante en la fe es la docilidad inexpresable de la adhesión a la Palabra de Dios. El movimiento de la fe se ha de cumplir en todo momento en nuestro corazón: hay que renunciar a comprender a todos los niveles, para comprender según una luz que Dios nos dará.

Es muy difícil, pero esto nos abre las puertas de Paraíso. Volvamos a leer en la epístola a los Hebreos el elogio de los testimonios de la fe: “Con la mirada fija en el que ha instituido nuestra fe y la lleva a término, Jesús” (He 12:2).

Así pues, la fe supone la humildad ya que los actos de confianza son el privilegio de los humildes. Nosotros medimos nuestra humildad por nuestra confianza porque para tener confianza no hay que mirarse más, sino mirar solo a Dios y a lo que él quiere hacer. La dificultad de la fe es la misma que la de la humildad: hay que dar siempre la preferencia al pensamiento de Dios y no al nuestro.

Antes dijimos que la verdadera naturaleza del hombre es la adoración y la alabanza; aquí podemos decir que la adoración es imposible a los orgullosos y a aquellos que cuentan únicamente consigo mismos: es el privilegio de los humildes. Todo se mantiene por la vida de oración: la adoración supone la confianza y esta es imposible sin la humildad.

Es muy difícil hablar de la humildad porque es una virtud mal entendida, no se comprende y secretamente no se quiere comprender. La humildad no es descontentamiento de uno mismo, ni tan solo el reconocimiento de nuestra miseria o nuestro pecado, ni tampoco un sentimiento de nuestra pequeñez.

La humildad supone que, en el fondo, uno mire a Dios antes de mirarse a sí mismo y mire el abismo que separa el finito del infinito. Cuanto más uno vea esto (más bien dicho, cuanto más acepte de verlo), más humilde se vuelve.

Jean Lafrange: La oración del corazón

Mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma

Este martes, día 26 de febrero, se ha hecho público el mensaje de Cuaresma del Papa Francisco sobre el tema «La creación, expectante, está aguardando la manifestación de los hijos de Dios» (Rm 8, 19). Desde esta perspectiva sugiere algunos puntos de reflexión «que acompañen nuestro camino de conversión durante la Cuaresma».

«Cuando no vivimos como hijos de Dios, a menudo tenemos comportamientos destructivos hacia el próximo y demás criaturas, también hacia nosotros mismos», destaca el pontífice, y añade que «el hecho de que se haya roto la comunión con Dios, también ha dañado la relación armoniosa de los seres humanos en el ambiente en el que están llamados a vivir, por lo que el jardín se ha transformado en un desierto (cf. Gn 3, 17-18)».

El mensaje también apunta que el camino de la Pascua «nos llama precisamente a restaurar nuestro rostro y nuestro corazón de cristianos, mediante el arrepentimiento, la conversión y el perdón. […] La Cuaresma es un signo sacramental de esta conversión, es un llamamiento a los cristianos a encarnar más intensa y concretamente el misterio pascual en su vida personal, familiar o social, y en particular, mediante el ayuno, la oración y la limosna». «Acogiendo en el concreto de nuestra vida la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, atraeremos su fuerza transformadora también sobre la creación».

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