Domingo XXX del tiempo ordinario / C / 2019

Leer la Palabra de Dios

Leer la Hoja Dominical

 

Lectura Espiritual

Cualquier profundización en la existencia, cualquier presentimiento del misterio ante el amor, la belleza o la muerte va encaminado al amor. No obstante, según Evregio, para que haya verdadera oración, en el sentido cristiano de la palabra, es necesario establecer una relación personal con el Dios vivo, una conversación.

El término debe tomarse en un sentido amplio: puede ser una escucha silenciosa, un grito de angustia o una celebración, y puede ser la respuesta de Job. La disposición que necesitamos sería en el momento de mayor preocupación recordar que Dios existe y que nos ama, que no estamos solos, ni perdidos, ni sin sentido ante la nada o el horror, que existe Otro a quien podemos acceder por medio de Jesús, profundizando en nuestro ser.

La estructura de la oración cristiana es, pues, profundamente personalista -mi yo al encuentro del de Dios-, y comporta siempre un éxtasis, un salir de uno mismo sin el cual el amor no se desarrolla. Aquí puede fracasar, y de hecho fracasa, la oración de muchos cristianos que han perdido el contacto con la persona de Cristo, y no con-versan con Él. Quizá elucubran al orar, quizá razonan aspectos de la lucha ascética o mantienen monólogos que les aclaran las ideas; quizá sus ratos de oración les sirven para organizar la jornada o sacar propósitos… pero, ¿conversación?

Esta manera de orar, la confianza y la seguridad de una Presencia dialogante, permanece aún, por desgracia, oculta para muchos. Es algo que siempre nos queda por descubrir, al menos en toda su experiencia. Lo advierte Jean Lafrance:

La mayoría de los cristianos, sean progresistas o integristas, carecen de alegría. Algunos tienen lo que llaman una fe muy sólida, muy intelectual; otros crecen de eso; pero la mayoría han perdido el contacto con la persona de Cristo. Y un cristiano que no se relaciona con Jesucristo, que no es capaz de hablarle, de escucharlo, no es un cristiano sólido, aunque tenga una fe profunda y tradicional, aunque sea muy generoso.

Un cristiano es alguien que desea verdaderamente encontrar a Jesucristo, que tiene sed de Él; esa es nuestra originalidad frente a cualquier otra creencia. Pensad en un musulmán, pensad en un marxista, pensad en un budista; lo que constituye su doctrina y su fe es que estudia la vida de Mahoma, la vida de Marx, la vida de Buda; pero ninguno dirá al entrar en su casa por la noche: voy a hablar con Mahoma, voy a hablar con Marx, voy a hablar con Buda. Nosotros, en cambio, tenemos la posibilidad de encontrar a Jesucristo… este contacto con Jesucristo es lo que hace un santo, un hombre que busca, que lo busca.

Podéis pasar junto a un santo sin percataros de ello. No se le advierte; está muy oculto. No os dais cuenta de que apenas tiene unos instantes libres, reanuda el contacto con Cristo. Buscar a Jesucristo es un poco como la radio. A menudo hay parásitos; la escucha no es buena; pero con paciencia, con mucha paciencia, se logra captar la palabra del Salvador; y cuando se le ha oído dos o tres veces, no se puede prescindir de ella y se busca incansablemente la palabra de Dios, el cielo”.

Ricardo Sada; Consejos para la oración mental

 

 

Domingo XXIX tiempo ordinario / C / 2019

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Lectura Espiritual

De la carta de san Ignacio de Antioquía, obispo y mártir a los Romanos

(Caps. 4, 1-2; 6, 1-8, 3: Funk 1, 217-223)

SOY TRIGO DE DIOS, Y HE DE SER MOLIDO POR LOS DIENTES DE LAS FIERAS

Yo voy escribiendo a todas las Iglesias, y a todas les encarezco lo mismo: que moriré de buena gana por Dios con tal que vosotros no me lo impidáis. Os lo pido por favor: no me demostréis una benevolencia inoportuna. Dejad que sea pasto de las fieras, ya que ello me hará posible alcanzar a Dios. Soy trigo de Dios, y he de ser molido por los dientes de las fieras; para llegar a ser pan limpio de Cristo.

Rogad por mí a Cristo, para que, por medio de esos instrumentos, llegue a ser una víctima para Dios. De nada me servirían los placeres terrenales ni los reinos de este mundo. Prefiero morir en Cristo Jesús que reinar en los confines de la tierra.

Todo mi deseo y mi voluntad están puestos en aquel que por nosotros murió y resucitó. Se acerca ya el momento de mi nacimiento a la vida nueva. Por favor, hermanos, no me privéis de esta vida no queráis que muera; si lo que yo anhelo es pertenecer a Dios, no me entreguéis al mundo ni me seduzcáis con las cosas materiales; dejad que pueda contemplar la luz pura; entonces seré hombre en pleno sentido. Permitid que imite la pasión de mi Dios. El que tenga a Dios en sí entenderá lo que quiero decir y se compadecerá de mí, sabiendo cuál es el deseo que me apremia.

El príncipe de este mundo me quiere arrebatar y pretende arruinar mi deseo que tiende hacia Dios. Que nadie de vosotros, los aquí presentes, lo ayude; poneos más de mi parte, esto es, de parte de Dios. No queráis a un mismo tiempo tener a Jesucristo en la boca y los deseos mundanos en el corazón.

Que no habite la envidia entre vosotros. Ni me hagáis caso si, cuando esté aquí, os suplicare en sentido contrario; haced más bien caso de lo que ahora os escribo. Porque os escribo en vida, pero deseando morir. Mi amor está crucificado y ya no queda en mí el fuego de los deseos terrenos; únicamente siento en mi interior la voz de una agua viva que me habla y me dice: «Ven al Padre».

No encuentro ya deleite en el alimento material ni en los placeres de este mundo. Lo que deseo es el pan de Dios, que es la carne de Jesucristo, de la descendencia de David, y la bebida de su sangre, que es la caridad incorruptible. No quiero ya vivir más la vida terrena. Y este deseo será realidad si vosotros lo queréis. Os pido que lo queráis, y así vosotros hallaréis también benevolencia.

En dos palabras resumo mi súplica: hacedme caso. Jesucristo os hará ver que digo la verdad, él, que es la boca que no engaña, por la que el Padre ha hablado verdaderamente. Rogad por mí, para que llegue a la meta. Os he escrito no con criterios humanos, sino conforme a la mente de Dios. Si sufro el martirio, es señal de que me queréis bien; de lo contrario, es que me habéis aborrecido.

 

La festividad de la Virgen del Pilar en nuestra parroquia.

Nuestra parroquia acogió a la comunidad aragonesa de Salou este sábado para hacer la ofrenda floral y la misa a la Virgen del Pilar. Cientos de personas llenaron el templo, en el que es uno de los actos más emotivos de la festividad.
Muchos de los participantes iban vestidos para la ocasión con los tradicionales mantones, pañuelos y los cachirulos. Además, una banda acompañó la ofrenda con música tradicional. Mosén Santi oficializó la misa en honor a la virgen.

Domingo XXVIII del tiempo ordinaio / C / 2019

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Lectura Espiritual

Analicemos una enseñanza atribuida a Evragio Póntico, escritor eclesiástico del siglo IV, que enseña que la oración es conversación del espíritu con Dios. La palabra conversación proviene de tres palabras latinas: cum (reunión), el verbo versare (girar, intercambiar), i el sufijo –tio (acción y efecto). Vendría, pues, a significar algo así como “acción y efecto de reunirse girándose uno frente al otro, para intercambiar”.

La enseñanza de Evregio sale al paso de un riesgo permanente en la piedad cristiana: la oración impersonal. A finales del siglo XX, el Magisterio advirtió el peligro de adoptar indiscriminadamente las técnicas orientales de meditación, pues suprimen la alteridad entre Dios y la criatura, en una suerte de panteísmo cósmico. Con la carta Orationis formas advirtió que dicho modo de meditar -en el que se busca la integración con la naturaleza a través del dominio del psiquismo bajo el influjo del poder mental-, no es la oración cristiana.

La oración cristiana está siempre determinada por la estructura de la fe cristiana, en la que resplandece la verdad misma de Dios y de la criatura. Por eso se configura como un diálogo íntimo y personal entre el hombre y Dios. La oración cristiana expresa, pues, la comunión entre el hombre redimido y la vida íntima de cada Persona de la Trinidad. Para esta comunión, que encuentra su fundamento en la vida nueva del Bautismo y la Eucaristía, se precisa una actitud de con-versión, es decir, un éxodo del yo del hombre hacia el de Dios.

Los métodos orientales, por el contrario, ignoran en sus técnicas la relación interpersonal. Pretenden la integración del sujeto con la divinidad en la anulación de las individualidades, y entonces la divinidad no es nunca un Tú, sino una fuerza anónima, una difusión de energía… métodos en que desaparece la conciencia del Dios vivo que nos espera al orar.

No es que la naturaleza, el cosmos o la energía no puedan ser ocasiones para ir a Él, como manifestaciones que son de su Sabiduría, de su Bondad, de su Poder. Debemos aprovecharlas para orar, como san Basilio que veía en la naturaleza una parábola en la que Dios nos habla a través de miles de voces, aunque la mayor parte de los hombres carezcan de oídos para escucharlas. Tendríamos el deber de orar con aquello que manifiesta el atributo divino de la belleza, a riesgo de la ingratitud. Pero una cosa es orar a Dios aprovechando lo creado, y otra confundir lo creado con el Creador.

Atendamos, pues, la definición de Evragio: la oración cristiana es conversación. Cara a cara, en una suerte de confrontación; un yo con un tú, un tú con un yo. Yo con Él; Él conmigo. Yo le hablo, Él me escucha; Él me habla, yo le escucho. No me difumino en el éter ni me desintegro al contacto con el universo, sino que sigo siendo un yo en alteridad con el Creador de ese cosmos y de esa naturaleza, y establecemos una conversación, admirado yo ante su gran condescendencia y el atrevimiento de mi pequeñez. Incluso tendré que creer que el principal interesado en dicha conversación no es el miserable que se atreve a dialogar con su Señor, sino que es el Amor de ese Señor el motor que propicia y desarrolla la conversación.

Ricardo Sada; Consejos para la oración mental.