IV Domingo de Quaresma / A / 2020

Leer la Palabra de Dios

Leer la Hoja Dominical

 

 

 

Lectura Espiritual

…el Amor que nos tuvo y nos tiene me espanta a mí y me desatina. Santa Teresa de Jesús.

En la oración dejamos de ser dos para ser uno. Por eso, propiamente, la oración es apertura, entrega para recibir al Otro. Es acoger un Amor que rompe toda medida, porque se identifica con la misma esencia de Dios. A la oración vamos fundamentalmente a recibir ese Amor, a dejarnos amar por Dios.

Esto es algo que no nos resulta fácil de aceptar, pues implica reconocer nuestra pobreza radical: yo soy un huérfano, un infeliz, un hambriento y sediento de felicidad que solo se colma con el amor. Soy un indigente de amor, urgido de recibirlo, necesitado de ser amado, sentirme amado con una necesidad mayor a la del aire que respiro o el suelo que me sostiene. En nuestro orgullo sutil buscamos hacer cosas bellas por Dios, en lugar de pensar lo que Él quiere hacer por nosotros. y lo que Él quiere hacer por nosotros es una maravilla tan deslumbrante que no la podemos ni imaginar. Quiere volcar su Tesoro infinito en nuestro «cacharro de barro».

Pero, a pesar de todo, seguimos sintiéndonos indignos de su Amor. En realidad, no acabamos de creer que pueda ser real algo tan bello. Pero es así: dios ansía darnos su Amor, compartirnos su Felicidad. Porque su Felicidad ̶ si fuera posible tal expresión ̶ no es sino recibir nuestra correspondencia. «No estoy aquí por mí, sino por Él ̶ decía Teresa de Lisieux al ir a orar ̶ . Voy a ver a Dios porque eso le gusta, porque se alegra de verme». Esto es una enorme verdad, pues en los encuentros es siempre más feliz el que ama más: la de Teresa es una intuición teologal basada en la misma naturaleza de Dios, Amor infinito.

Quizá no tendríamos inconveniente en afirmar que creemos en el Amor de Dios in genere, pero nos veríamos en aprietos al afirmar lo mismo referido a nuestro caso personal. Nos cuesta trabajo creer en el amor que individualmente nos tiene. Tenemos demasiado viva, a flor de piel, la realidad de nuestros oscuros repliegues. Pero el Amor misericordioso está por encima de ellos, y por eso se vuelca sobre mí, sobre ti, a pesar de los pesares. Enrique Suso, beato alemán del siglo XIII, escuchaba de labios del Señor palabras consoladoras. Jesús le decía: «Yo soy el Amor infinito que no es limitado por la unidad ni agotado por la multitud: amo en particular a cada alma como si fuera la única. Te quiero y me ocupo de ti como si no amara a otros, como si estuvieras tú solo en el mundo».

Es bueno que nuestra oración discurra muchas veces por este cauce, saliendo al paso de la generalización, es decir, del pensamiento de un Dios que ama como en conjunto, y así como ama a todos, entre todos andamos nosotros. Algo parecido al que ama un jardín; ama, sí, a cada una de las flores, pero de algunas no advierte su individualidad. Suponemos que el mundo, la Iglesia, es un jardín inmenso, y Dios se complace viendo las múltiples e innumerables flores que forman ese jardín, y ama el jardín en su conjunto. Pero, ¿por qué tendría que fijarse en mí, miserable, perdido entre millones? ¿Cómo he de pensar que las miradas de Dios se van a posar en mí, que su Corazón me ama a mí particularmente, no como parte de ese jardín, no como porción de ese conjunto, sino a mí, en mi realidad personal?

Ricardo Sada; Consejos para la oración mental