III Domingo de Cuaresma / A / 2020

Leer la Palabra de Dios

Leer la Hoja Dominical

 

 

 

Lectura Espiritual

Es verdad que no vemos a Cristo, pero está. Está a nuestro lado, y está enamorado. Más de lo que un esposo está enamorado de su esposa, más que un novio de su novia. Esto es lo crucial. Hemos de habituarnos a pensar en Cristo no como alguien del pasado, sino como el Señor resucitado presente en mi hoy-ahora. Alguien al que puedo hablar, mirar, saberme mirado, saberme escuchado, saberme comprendido; al que puedo besar, si quiero, convencido que mi beso no termina en el papel de la imagen o en la madera del crucifijo, sino sobre un rostro, feliz de recibir mi beso.

Esta es la fe cristiana. Fe cristiana resumida en un Resucitado de carne y hueso, que nos ama y nos acompaña, anhelando nuestra respuesta amorosa. La belleza y plenitud de una vida entregada a Dios depende de que nuestro amor a Cristo sea así, de ágape y de eros. Solamente este es capaz de defendernos de los bandazos del corazón. No me bastas, Señor, y entonces busco gustos fuera de ti. Quizá no he acabado de meterme en esta aventura de tu amor apasionado. Jesús es el hombre perfecto. En Él se encuentran ̶ en un grado infinitamente superior ̶ todas aquellas realidades que una mujer busca en un hombre, y un hombre en una mujer.

Es hermosa la expresión de san Juan Clímaco: «Casto es aquel que expulsa el eros con el Eros». Ahí radica la pureza profunda del corazón, solo así es protegido el corazón. Confesión de la santa chilena Teresa de los Andes (1900-1919), escribiendo a una amiga:

«Créeme. Sinceramente te lo digo; yo antes creía imposible poder llegar a enamorarme de un Dios a quien no veía; a quien no podía acariciar. Mas hoy en día afirmo con el corazón en la mano que Dios resarce enteramente ese sacrificio. De tal manera siente uno ese Amor, esas caricias de Nuestro Señor, que le parece tenerle a su lado. Tan íntimamente lo tengo unido a mí, que no puedo desear más, salvo la visión beatífica en el cielo. Me siento llena de Él y en este instante lo estrecho contra mi corazón pidiéndole que te dé a conocer las finezas de su Amor. No hay separación entre nosotros. Donde yo vaya, Él está conmigo dentro de mi pobre corazón».

La solución, por tanto, no es la represión: cuida esto, evita aquello. La solución es la sublimación: no cercenes tu eros, llévalo a su más alta expresión. Busca desarrollarlo en tus diálogos de enamorado. No temas el escándalo. Ya rompió lanzas Benedicto XVI: «Dios tiene un amor de eros y pide un amor de eros». Y, como en lo humano, el mundo de los enamorados tiene su verificación en múltiples detalles. ¿Cuáles? Quizá Jesús nos pediría algunos tan sencillos como los siguientes:

Emociónate con nuestros encuentros. Ponme siempre en el primer lugar. Busca agradarme en todo momento. Confronta tus deseos con los míos. Salúdame efusivamente. Amigo, confidente, compañero inseparable. Inquieto si te descubres lejos de mí; lleno de felicidad cuando estás conmigo. Que prefieres vivir pobre y desconocido conmigo, que rico y famoso pero sin Mí. Estar dispuesto a grandes sacrificios con tal de no perderme. Es hablarme en todo momento como el más fiel enamorado. Es mirar tu futuro compartido conmigo. Es desear perderte en Mí como meta de tu existencia…

Ricardo Sada; Consejos para la oración mental