Domingo XXIX tiempo ordinario / B / 2018

 

 

Palabra de Dios

 

Leer la Hoja Dominical

 

 

 

 

Lectura espiritual

Mirad la gran definición de la vida espiritual en san Pablo: “Dad gracias en toda ocasión” (1 Te 5:18), no tan solo en la liturgia sino invirtiendo nuestras fuerzas en libación para que se gasten y se consuman en la llama de Dios. Esto nos ha de liberar de toda inquietud.

A veces nos preguntamos de qué servimos; en la medida que una persona se entrega a Dios y a los hermanos, es un canto de alabanza a la gloria de Dios y su vida se vuelve una oración continua.

Nuestras miserias, nuestros sufrimientos, nuestros defectos, hasta nuestros pecados, todos esos días que tenemos la impresión de haber malversado… Si pudiésemos comprender que el problema no está en el hecho de funcionar bien sino en el de ofrecer, todo sería más simple.

La materia de un sacrificio no tiene necesidad de ser noble, es suficiente que sea ofrecida. Así, en lugar de ofrecer una jornada perfecta (¿qué quiere decir esto?), uno ofrece una jornada lamentable, pero qué más da, si uno la ofrece.

Del instante más leve de nuestra vida Dios puede hacer alguna cosa si se lo queremos ofrecer tal como es. Si queremos librarnos de nuestros complejos, lo más sencillo es darlos tal como son, sin necesidad de liberarnos de ellos antes.

Aquellos que para presentarse a Dios se han de lavar y arreglar antes, quiere decir que no quieren darlo todo, que solo quieren dar lo que es bonito, cuando Cristo precisamente desea lo que es feo para sanarlo: “No son los buenos los que tienen necesidad del médico, sino los que están enfermos. No he venido a llamar justos, sino pecadores, para que se conviertan (Lc 5: 31-32). Nuestra miseria es la única puerta de entrada en el misterio de la Trinidad.

Entremos, pues, resueltamente, no rehusemos nada, démoslo todo sin escoger nada, sin hacer ningún inventario.

Las cosas son creadas para ser quemadas y pulverizadas. Para un uso semejante es igual que sean bonitas o feas: las cenizas son iguales.

En nuestra civilización que quiere dominar, que quiere ser una civilización de pujanza, necesitamos como nunca personas que sean no amos sino sacerdotes de la creación universal.

Jean Lafrange: La oración del corazón