XXIX Domingo del tiempo ordianario / B / 2021

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Lectura espiritual

LA FELICIDAD (6). Etapas del camino espiritual

Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

 Dios es lo que se ve cuando uno está limpio. Suena duro decirlo así, pero el ateísmo y el agnosticismo son, desde esta perspectiva, el resultado de nuestra suciedad.

¿Y qué es lo que se ve cuando nos limpiamos? Lo que se ilumina… ¡es el mundo! Es la luz del mundo, que por fin puedes distinguir, lo que te hace comprender que estás iluminado. Iluminarse es tomar consciencia de la luz que hay.

Luz también para el propio pasado: no se trata simplemente de dejarlo atrás; tampoco de volver obsesivamente sobre él, extrayendo de lo vivido quién sabe cuántas enseñanzas.

Se trata de amarlo, de reconciliarte con lo que has sido para otros y con lo que otros fueron para ti. Se trata de comprender el vínculo entre lo que fuiste y lo que eres, entre lo que eres y lo que probablemente serás. Sin heridas al fin, reconciliado gracias a la luz purificadora, lo que se ve es a Dios, puesto que Dios es la salud misma. Sin obscuridad, la luz sólo puede ser una evidencia.

(Inspirado en el libro: Biografía de la luz, de Pablo d’Ors)

 

XXVIII Domingo tiempo ordinario / B / 2021

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Lectura espiritual

LA FELICIDAD (5). Etapas del camino espiritual

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

Misericordia significa tener la miseria ajena en el propio corazón: no olvidarse de ella y, más que eso, hacerla propia para que sea menos dolorosa para quien debe padecerla. Esta bienaventuranza se dirige a quien se pone en acción para que esa justicia se realice, cargando él mismo con la injusticia.

Es imposible que un corazón que está en su sitio no sea solidario. Pero no es posible meter a los otros en el propio corazón sin haberlos perdonado y sin habernos dispuesto para que nos perdonen. Perdonar es la clave.

Perdonar primeramente a nuestros padres, por el inmenso mal que nos hicieron sin darse cuenta. Perdonar a nuestros maestros y profesores, sobre todo por su incompetencia, pero también por su dejación y crueldad, vengándose en nosotros de su frustración. Perdonar a nuestros amigos, puesto que a menudo no fueron verdaderos amigos. Y a nuestros hermanos de sangre, porque compitieron incansablemente contra nosotros. A nuestras parejas porque llamaron amor a lo que no era amor. O porque permitieron alevosa i estúpidamente que una historia amorosa se malograra. Perdón para nuestros compañeros y colegas, puesto que hicieron lo imposible para que no brillásemos. A nuestros hijos, que reprodujeron con sobrecogedora fidelidad nuestros defectos. A nuestros discípulos, que nos traicionaron uno tras otro. A nuestros enemigos, que se ensañaron contra nosotros, poniendo nuestra alma en peligro. Es urgente que perdonemos a nuestros gobernantes por su egoísmo, por su torpeza, por su vanidad. Que perdonemos a nuestra comunidad religiosa por su indiferencia, por su intolerancia, por su frivolidad. Que sobre todo nos perdonemos a nosotros mismos, principales causantes de nuestros males. Perdonarse a uno mismo supone dejar de juzgarse, de condenarse, de sacarse punta; supone dejar de exigirse, de mirar insistentemente al pasado, de figurarse una y otra vez cómo podría haber sido todo. Perdonarse a sí mismo es reconciliarse con lo que uno ha sido y es.

Hasta que no se perdone absolutamente todo, no hay nada que hacer. Perdonarle todo incluso a Dios, que ha pensado para nosotros algo que no entendemos y que nunca habríamos elegido. Perdonarle incluso Su amor, ante el que nos sentimos abrumados. Lo que más dificulta nuestro camino espiritual es justamente no perdonar. Por eso, si tenemos algo contra alguien, o alguien tiene algo contra nosotros, lo primero de todo es hacer las paces. Deja ya de leer esta página y ponte a perdonar. Si perdonas, antes o después serás perdonado, quizá de la forma más insospechada. Perdonado al fin, estarás limpio; y sólo el limpio puede ver a Dios.

(Inspirado en el libro: Biografía de la luz, de Pablo d’Ors)

XXVII Domingo tiempo ordinario / B / 2021

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Lectura espiritual

LA FELICIDAD (4). Etapas del camino espiritual

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.

Sólo cuando te das cuenta de que esta tierra es efectivamente tuya (de que tú eres eso), te dolerá -¡y cómo!- la injusticia que reina en ella.

Tanta más luz tengas, tanta mayor consciencia tendrás de la oscuridad.

Sólo la visión de nuestras propias sombras nos da la visión justa de las ajenas. (Y la visión de las sombras ajenas nos da la visión justa de las propias).

El hambre de justicia es el deseo de que todas las cosas sean lo que tienen que ser.

Esta bienaventuranza habla de la imposibilidad de ser feliz en medio de la infelicidad ajena.

Y de la plenitud que experimentamos -en medio de la zozobra- cuando nos ocupamos de aliviar las penurias de quienes nos rodean.

(Inspirado en el libro: Biografía de la luz, de Pablo d’Ors)

XXVI Domingo del tiempo ordinario / B / 2021

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LA FELICIDAD (3). Etapas del camino espiritual

Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra.

Manso es quien ha llorado tanto que ha limpiado sus ojos y, finalmente, ve la realidad.
Manso es quien, en virtud de esa purificación e iluminación, permite que la realidad sea lo que es.
Manso es quien no impone su criterio pretendiendo que todo se ajuste a lo que, según él, deberían ser las cosas.
Manso es quien ha entendido la no- violencia, la no-resistencia, quien fluye con el agua de la vida, dejándose conducir allá donde la corriente le lleve.

Cristo es el manso por excelencia. No se trata de sumisión o de cobardía, sino de saber que la realidad pone todo en su sitio antes o después. De saber que la lucha genera siempre lucha. El poder de la mansedumbre consiste en recibir la vida así como viene, para luego, tras haberla trabajado por dentro y haberse dejado trabajar por ella, devolverla al mundo.

Lo que se promete a los mansos es que heredarán la tierra. No puede ser de otro modo, puesto que sólo ellos la acogen tal cual es. Cuando veas de verdad, te darás cuenta de que tú eres eso que estás viendo. Esto es a lo que apunta la mansedumbre, que hoy preferimos designar con el término aceptación.

(Inspirado en el libro: Biografía de la luz, de Pablo d’Ors)