Diumenge VI de PASQUA / A / 2020

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Lectura Espiritual

No se trata, como es lógico, de sacralizar la creación, en una suerte de ecologismo panteísta. Dios hizo la creación visible para nosotros, buscando conquistarnos con ella. No la hizo como fin en sí misma, sino para que a través de ella llegáramos a Él. Su poder y su sabiduría se despliegan mucho más en la salvación de un solo hombre que en todo lo que ha realizado en el orden natural. El orden natural está en servicio del sobrenatural. Por eso la invitación es a valernos de este primer medio de ir a Dios sabiendo descubrir que todo lo creado nos lo revela.

Haciéndolo, tendremos una suerte de ejercitación para advertirlo en otros modos de presencia: la eucarística, la de inhabitación, la de su Palabra en la Escritura, la presencia divina ante lo incomprensible y doloroso, e incluso su intensa presencia ante la muerte. Ahora bien, ¿cómo descubrir a Dios en la naturaleza?

Hay dos tipos de mirada: la contemplativa y la dominante. Un ejemplo puede ilustrar lo anterior. Dos amigos pasean por una avenida bordeada a ambos lados por cedros majestuosos. Uno dice: ¡Cómo me agradaría charlar con esos árboles! Y el otro: Con cada uno de esos cedros yo podría hacer un dormitorio. Al primer enfoque, el contemplativo, se le podría llamar sacramental: arranca de un primer plano visible para acceder a lo invisible. El segundo es un enfoque pragmático: no despega de la tierra.

¡Qué maravilla sería escuchar el misterio de los cedros! El misterio de su fortaleza, los prodigios vivificadores de su savia haciéndolos elevarse enhiestos; el trazado admirable de sus ramas y sus hojas, ideados por Aquel que los diseñó. El segundo enfoque, el dominante ̶ los cedros son para mí, para mi uso y disfrute ̶ no se eleva, ha perdido la oportunidad de un ejercicio contemplativo que le facilitaría luego la oración en los otros ámbitos de Presencia divina.

Hasta cierto punto, no se puede ser cristiano si no se llega a la percepción contemplativa. En efecto, ¿cómo reconocer la Palabra de Dios en esa parte de la literatura antigua que es la Biblia, si no se es capaz de transitar de lo visible a lo invisible? ¿Cómo creer en la resurrección si, a pesar de la caducidad humana de la muerte, no la podemos intuir en las semillas? ¿Cómo creer en la Eucaristía si no vemos más allá del Pan y del Vino, y cómo entender la maternidad de María si no somos capaces de superar las leyes de la fecundidad biológica? A fin de cuentas, resurrección, eucaristía y nacimiento virginal de Jesús son del mismo orden, el sobrenatural, y solo los ojos ejercitados en ese orden los pueden descubrir. Porque antes se han habituado a desvelar, aunque sea mínimamente, lo que esconden lo que esconden los misterios naturales.

Sin duda hace falta una especial sensibilidad de espíritu, una liberación de esos gustos más burdos, intensos o desquiciantes. Hace falta una mirada contemplativa, lo que quiere decir una mirada pacificada, atenta, sosegada. A veces será preciso pasarse largos ratos contemplando el ir y venir de las olas del mar, o los últimos fulgores de un atardecer. Extasiarse ante el ala de una mariposa o el vuelo de un colibrí, relacionando todo con alguno o algunos de los atributos divinos, o con determinada frase de Jesús, o con algún detalle revelador de su Amor. Todo cuanto cae bajo nuestra mirada es imagen de alguna verdad teologal que se nos propone. Para aquel que se acostumbra a contemplar lo que ve, la naturaleza se convierte en un libro espiritual que puede leer vaya a donde vaya, un libro siempre abierto.

Ricardo Sada; Consejos para la oración mental