Diumenge IV Quaresma / B / 2018

 

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Lectura espiritual

 

Simón, hijo de Juan, ¿me amas? (Jn 21,16)

Quisiera estar en el lugar de Pedro y responder al Señor y poder decir: sí, tú sabes que te quiero un poco, que puedes contar con un poco de amistad entre tanta indiferencia, con un poco de calor entre tanta frialdad. Sí, soy tu amigo, te seguiré porque he entendido que no buscas personas perfectas, sino simplemente hombres y mujeres verdaderos, con pasión por ti.

No te confías a Pedro-Cefas, como la “roca” que no hay en mí, sino a Simón de Juan, es decir, a mi verdad, entera y humilde; me llamas con el nombre de mi hogar, nombre doble entretejido de sombras y de luz.

Y el último día, cuando la tarde de la vida se abra sobre días sin ocaso, el Señor solo nos preguntará de nuevo: ¿me quieres?

Y aunque lo haya traicionado mil veces, él me preguntará otras mil veces: ¿me quieres? Y no deberé hacer otra cosa que repetir otras mil veces: sí, te quiero. Y lloraremos juntos de alegría.

Si nos preguntan: tú, como cristiano ¿en qué crees? ¿Cuál es el corazón simple de tu fe? Nuestra respuesta será segura: creo en Dios Padre, en Jesucristo muerto y resucitado, y en los demás artículos del símbolo apostólico.

Pero el apóstol Juan, en la obra maestra que es su primera carta, ofrece una respuesta distinta: los cristianos son los que creen en el amor: “Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene” (1Jn 4,16). No se cree en otra cosa: en la omnipotencia, en la eternidad, en la omnisciencia de Dios o en la perfección; se cree en el amor.

La fe consta de tres pasos: tengo necesidad, me fío, confío. Creer es tener necesidad de amor, fiarse y apoyarse en el amor, como forma de Dios, forma de la persona y forma de vivir.

Fiarse y fundamentar la vida sobre esta hipótesis: que más amor es un bien y menos amor es un mal. Mientras el mundo proclama su evidencia: más dinero es un bien, menos dinero es un mal.

Todo creyente es un creyente en el amor, un despertador, un reanimador de vínculos, uno que ayuda a las personas a reencontrar la confianza en el amor.

“Nosotros hemos creído en el amor”: es muy importante. Porque creer en el amor pueden hacerlo todos, quien sigue una vía religiosa y quien carece de una hipótesis religiosa. Y repetírselo a los jóvenes: vosotros creéis en el amor.

El cardenal Dionigi Tettamanzi explicaba a los jóvenes, con el lenguaje típico de su edad, que “creer es tener una historia con Dios”. “Tener una historia”, en el argot juvenil, es caminar en el amor con una persona.

Conservo un recuerdo personal de Olivier Clément, a quien tuve el privilegio de tener como profesor en París. Hablando de la catequesis afirmaba: “¿Quieres explicar a un joven de hoy qué es el paraíso o el infierno? Habla el lenguaje del amor. El enamoramiento es una experiencia mística, la única para la mayor parte de nuestros contemporáneos. El que está enamorado sabe perfectamente qué es el paraíso: es reencontrar la amada después de haberse dejado o perdido; es el apretarse, el abrazo deseado. Y sabe perfectamente lo que es el infierno: el alejamiento, la traición, el perderse”.

Ermes Ronchi: Las preguntas escuetas del Evangelio