Diumenge III de QUARESMA / B / 2021

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Lectura Espiritu
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Además de la necesidad del recogimiento e inseparable de él, para orar necesitamos paz. Dios se comunica tan solo en un corazón poseído por la paz. Ese bien tan deseable -pensemos en el constante desasosiego de quien de día y de noche está acosado por la ansiedad, el remordimiento, alguna preocupación-, ese bien tan deseable, decíamos, es una herencia que nos legó Jesús. La última jornada que pasó sobre la tierra, luego de dejar a los suyos la herencia inefable de la Eucaristía, les aseguró otro legado: La paz os dejo, mi paz os doy. No es, por tanto, un bien adquirido, sino heredado; un don que hemos de valorar, custodiar, acrecentar.

Sin paz no podremos orar bien. Para recuperarla hagamos oración. Parecería un argumento paradójico, pero en ocasiones la única manera de recuperar la paz perdida es comenzar, sin paz, a buscar al Dios de la paz. Las aguas de la superficie del lago se aquietarán poco a poco, y comenzará a reflejarse no solo la luz del sol, sino incluso, en la oscuridad, el fulgor de la luna y las estrellas. Y esto, como es lógico, exige tiempo.

La paz perfecta brota de todos los dones que Dios deposita en el alma, y por eso es equivalente a la bienaventuranza, un adelanto de ella: descanse en paz. La paz es la plenitud y el coronamiento del descanso; es el descanso perfecto, el descanso sin temor, el descanso inalterable.

Lograr en la oración ratos de esa paz será tener anticipos de eternidad, en el que no habrá sucesión de eventos, sino un único instante de Amor infinito, en plenitud de felicidad. No tengamos prisa al orar, no admitamos ningún caso pendiente que resolver, estemos simplemente llenándonos de una Presencia.

La paz se acompaña del silencio, y el silencio propicia la paz. Solamente en un ambiente de silencio puede el hombre encontrar el clima adecuado para recibir la acción divina en el fondo de su alma. El ejemplo nos viene de Dios, de Cristo. Dios es el gran aliado del silencio. El silencio es su regla. En el silencio eterno actuó y continúa actuando. La palabra más alta y más honda, su Verbo Subsistente, se engendró en silencio, salido del silencio, según la hermosa expresión de san de Antioquía.

Al venir a la tierra Cristo quiso vivir en una atmósfera de silencio. Mientras un apacible silencio envolvía todas las cosas, y la noche en su carrera llegaba a la mitad de su camino, tu omnipotente Palabra, Señor, vino del cielo, de su real trono. Antes de dedicarse a predicar quiso permanecer treinta años en silencio, y como preparación inmediata añadió cuarenta días de retiro absoluto en el desierto. En los tres últimos años se procuraba con frecuencia remansos de silencio, apartándose a lugares retirados. Así está también ahora en la Eucaristía. Él, que hablaba como ningún hombre ha sabido hablar, continúa hablando con la gran palabra del silencio.

Y no se trata necesariamente del desierto geográfico o del silencio físico, pues el auténtico desierto donde habita Dios es el silencio del corazón. Ahí es donde Dios aguarda a los suyos, ahí donde su silenciosa presencia revela fuentes ocultas que permanecen veladas a los quienes viven atrapados en la vorágine del ruido.

Ricardo Sada; Consejos para la oración mental

Diumenge II de QUARESMA / B / 2021

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Lectura Espiritu
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Tú, cuando quieras orar, métete en tu cuarto, cierra la puerta y ora (Mt 6,6).

Uno de los principales retos para orar bien es el recogimiento. Hemos olvidado con demasiada facilidad que el verdadero bien no está fuera, sino dentro de nosotros mismos. El recogimiento es puerta angosta, por la cual solo Dios cabe, y nuestra ánima, que se trabaja de entrar con Él sola… El principio de todos los males es la distracción y derramamiento del corazón… (Osuna).

Hoy en día se padece una especie de frenesí de la información, de la comunicación, de la inclusión en el espacio informático. Con tal reiteración distractora, ¿Podremos reconocer la sutil presencia de Aquel que, en el silencio y en lo profundo, nos aguarda para encontrarnos y conversar?

 No es fácil. Según santo Tomás, el vicio de la curiositas (deseo desordenado o vano de saber, así como también “inquietud errante del espíritu”), viene a radicarse como uno de los principales enemigos de la fe.

San Juan de la Cruz aseguraba que “grande sabiduría es saber callar y no mirar dichos ni hechos ni vidas ajenas”. Santa Faustina Kowalska decía que “si las almas quisieran vivir en el recogimiento, Dios les hablaría enseguida, ya que la distracción sofoca la voz de Dios”. Y añadía: “No busco la felicidad fuera de mi interior donde mora Dios. Gozo de Dios en mi interior, aquí vivo continuamente con Él, aquí existe mi relación más íntima con Él, aquí vivo segura, aquí no llega la mirada humana”.

El hombre se siente molesto en la exigente quietud de la oración y escapa de ella. El hombre escapa siempre del aquí, al que es llamado y en donde únicamente está su puesto. Si realmente deseamos orar, hemos de apartarnos de todo y hacernos presentes ante Dios. Entonces se nos podrá aplicar lo de san Pablo: vuestra vida está escondida con Cristo en Dios (Colosenses 3,1).

La palabra recogimiento etimológicamente significa aunarse, es decir, hacerse uno, alcanzar la unidad interior. En oposición a la dispersión, la palabra recogimiento indica de modo intuitivo que el hombre ha recogido -¡en penoso trabajo!- los pensamientos, por doquier esparcidos, y ha preparado así, para la oración, un estado de espíritu unificado; un estado de espíritu desde el que -como Samuel cuando fue llamado- pueda decir: Aquí estoy.

Una mirada a nuestra vida muestra su poca unidad. Cuando logramos el recogimiento, nos hacemos presentes a nosotros mismos en la intimidad de nuestro espíritu, y superamos al mismo tiempo las opresiones y obsesiones interiores. Nos elevamos, haciéndonos más libres, más trasparentes. La atención interior permite asumir en su verdad los objetos exteriores, y se esclarecen los ojos de nuestro espíritu para mirar recta y claramente. Se nos hace posible entonces el auténtico encuentro con las cosas, con las personas y con Dios. La quintaesencia de la vida interior es la atención, la concentración, el aunarse.

Se trata de que cada uno esté en lo que debe -que esté realmente dirigido al Señor- y evite todo lo demás. “la dispersión es el mal; la concentración el bien”.

Es también la experiencia universal de quienes están enamorados. La atención es, en última instancia, una cuestión de amor, porque es siempre un regalo. De nada se priva quien, por amor, se priva de todo lo que no es su amor.

Ricardo Sada; Consejos para la oración mental

Diumenge I de QUARESMA / B / 2021

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Lectura Espiritu
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No es irrelevante que los Santos Padres hayan descrito bajo formas concretas -a veces corpóreas-, las cosas del Espíritu. San Benito dice que el hombre debe orar ut mens concordet voci (“de modo que la mente concuerde con la voz”). Es, pues, la mente la que debe concordar con la voz, y no al revés. Las primeras lecciones de san Basilio a sus monjes consistían en enseñarles a caminar, a sentarse, y cosas parecidas, de forma correcta. Solo después pasaba a las lecciones espirituales. En la actual Iglesia ortodoxa ( y en la Iglesia católica oriental) se sigue recordando la importancia del cuerpo. Hay varios tipos de inclinaciones y reverencias, de manera de sentarse, diversas formas de santiguarse, un especial ritmo de vida, determinadas maneras de caminar, una peculiar calma y concentración en cada gesto, la veneración de las sagradas reliquias… todo ello reviste una extraordinaria importancia. A una con el Espíritu, descubren también el cuerpo. Por eso es para nosotros tan importante María, pues sin ella no se habría dado, en definitiva, la Encarnación del Verbo: la Madre de Dios es el cuerpo de Cristo. (Nosotros somos el cuerpo de Cristo). Ella es el calor y el alma del mundo.

La riqueza de nuestra corporeidad se da tan solo cuando está permeada por el espíritu, y el despliegue del espíritu, aparece cuando es uno con él. Hallaremos nuestro equilibrio emocional, y lo podremos transmitir sanamente; el espíritu enriquece al cuerpo y la corporeidad puede a su vez convertirse en fuente de enriquecimiento para el espíritu.

“La disposición afectiva fundamental del hombre depende también de esta unidad de alma y cuerpo, así como del hecho de que acepte a la vez su ser cuerpo y su ser espíritu; de que someta el cuerpo a la disciplina del espíritu, pero sin aislar la razón o la voluntad sino que, aceptando de Dios su propio ser, reconozca y viva también la corporeidad de su existencia como riqueza para el espíritu” (Benedicto XVI, Jesús de Nazaret). Es oportuno, por tanto, que en determinados momentos demos una fuerza mayor a nuestra oración a través de posiciones corporales. Ponernos de rodillas, por ejemplo, nos recordará nuestra indigencia y la verdad de ser absolutamente deudores indignos. Pero también dará una intensidad mayor a nuestra plegaria, pues en esa posición -incómoda de suyo- no podremos estar de manera excesivamente prolongada. Cerrar los ojos vendrá a potenciar el recogimiento. Unir las manos frente al pecho, taparnos la cara o extender los brazos vendrá a intensificar y a integrar aquello que deseamos expresar a Dios en el corazón.

Por otra parte, la oración no se ha de convertir en una penitencia corporal, algo así como una prueba de resistencia física. La mejor manera de orar -porque es la que nos permite encuentros más prolongados-, es la de permanecer correctamente sentados, con un ritmo respiratorio pausado y sereno, en una banca que no resulte demasiado mullida -lo que propiciaría un adormilamiento o una situación de dejadez-, ni demasiado incómoda, lo que llevaría a volver una vez y otra a recordar lo dificultoso de la postura.

El cuerpo tiene la gran ventaja de anclarnos en el lugar y en el instante presente. Hay en él una humilde sabiduría a la cual el espíritu debe someterse. No podemos encontrarnos con Dios más que en el instante presente y en el lugar físico donde nos ubicamos. El cuerpo ayuda a evitar quimeras y ensoñaciones, haciendo que nos arraiguemos en el aquí y ahora donde Dios podrá manifestarse. Si tantas malas jugadas le ha hecho el cuerpo al alma, se trata de que ahora ayude al alma a lograr que juntos, en la unidad sustancial de la persona, vayan a su Creador.

Ricardo Sada; Consejos para la oración mental

Diumenge VI durant l’any / B / 2021

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¿Se requiere un “tema”?

La oración es, ante todo, la apertura del corazón a Dios en el ejercicio de la fe, la esperanza y el amor. De modo que, al final, todo concluye en amar. Lo que más os despertare a amar, eso haced, recomendaba Teresa a sus hijas como tema fundamental de su oración.

Pero… ¿resulta preciso acercarnos a la oración teniendo en consideración algún o algunos temas a tratar? Nos servirá la analogía del amor humano. Quizá al principio, cuando dos personas están en la fase del conocimiento inicial, deberán conversar de múltiples temas para intentar una paulatina introducción en sus mundos mutuos. Pero cuando esas dos personas se aman con amor profundo y probado, en general no tienen problemas para saber cómo llenar el tiempo que pasan juntos. Así con Dios. A medida que avanzamos en nuestra familiaridad con Él, en habituarnos a su Presencia, lo de menos es el tema. Lo importante es, precisamente, la Presencia, con la seguridad de sabernos amados y de amarlo. Llenarnos de Él, porque Él se complace en nuestro corazón abierto, ya que previamente nos ha abierto el Suyo. Ya solo amar es mi ejercicio, escribió san Juan de la Cruz. Entonces, concluye el místico, ese amor tiene más valor y es de más provecho a la Iglesia que todas las obras exteriores juntas.

No obstante, siempre será preciso un cierto apoyo para la oración, sobre todo cuando pensamos que nuestra cabeza y nuestra atención no nos permitirán en esos ratos demasiada lucidez. (Nuestro libro esencial es “La Biblia”, especialmente el Nuevo Testamento, y nuestro libro de oración es la “Liturgia de las Horas”).

Las expresiones corporales y la oración de los sentidos

Hay un lenguaje del cuerpo que tiene su reglamentación en la celebración litúrgica -arrodillarse, permanecer de pie, sentarse, santiguarse, darse golpes de pecho, etcétera-, y que conviene tener en cuenta cuando se trata de la oración personal. Porque la oración no es tan solo un ejercicio intelectual, sino que involucra a la persona entera. Y determinadas expresiones corporales vienen a reforzar los sentimientos interiores e invisibles. Cuando el espíritu se expresa por medio del cuerpo, se potencia.

Hace unas décadas, muchos jóvenes occidentales, decepcionados y vacíos por la cultura materialista, volvían sus ojos al Oriente: yoga, kárate, karmas, meditación trascendental y demás prácticas. Esta admiración por aquellas culturas venía a señalar la insuficiencia del racionalismo pragmático. ¿Qué les aportaba? La unidad de conciencia y gestos, la indisolubilidad del actuar humano, la singularidad de la persona, [suprimir] todo dualismo, toda esquizofrenia de separación, la unidad entre conciencia y ser. “El hombre es realmente él mismo cuando cuerpo y alma forman una unidad íntima” (Benedicto XVI, Deus Caritas est n. 8.)

Pero el entusiasmo por Oriente apenas nos libera de nuestros males occidentales. En efecto, tanto el yoga como otras prácticas asiáticas se llevan a cabo en un contexto completamente distinto, en el marco de aquellas religiones y tradiciones de las que nosotros, en Occidente, nos hallamos muy alejados y de las que, a nivel individual (Y también a nivel de grupo) apenas podemos apropiarnos. Pero, ¿por qué no nos orientamos hacia nuestra propia tradición cristiana? ¿Por qué hemos olvidado que tampoco en el cristianismo se admite el dualismo entre alma y cuerpo, y que la santidad es justamente la inseparabilidad y la integridad del ser humano? Son precisamente los santos quienes, con sus gestos, acciones, palabras, miradas, sonrisas, manifiestan la paz interior, el amor del corazón, la unificación de su existencia en una única dirección.

Ricardo Sada; Consejos para la oración mental