Feb 23

Diumenge II Quaresma / B / 2018

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Lectura espiritual

Simón, hijo de Juan, ¿me amas? (Jn 21,16)

A la orilla del lago Jesús formula tres preguntas, distintas cada vez, como tres etapas a través de las cuales se acerca paso a paso a Pedro, a su medida, a su entusiasmo que se vuelve frágil. Imaginémonos a Jesús que hace la pregunta, con su mirada a la altura de los ojos y del corazón.

Primera pregunta: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?”. Jesús usa el verbo del ágape el verbo del amor grande, del máximo posible, de la confrontación vencedora de todo y de todos. Del corazón rico que va en busca de la pobreza de otros para colmarla.

Pedro responde solo en parte, evita la confrontación con los demás, y evitando también el verbo de Jesús, adopta el término humilde de la amistad: phileo. No se atreve a afirmar que ama, y sobre todo más que los otros; un velo de sombra sobre sus palabras, el recuerdo del otro fuego le hace decir: Ciertamente, Señor, ¡tú sabes que soy tu amigo!

Segunda pregunta: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas (agapâs me)?”. Ya no importan las confrontaciones, el no medirte con los otros; cada uno tiene su medida. Pero, ¿hay amor, amor verdadero? ¿Amor para mí?

¿Qué es el amor? Tú lo sabes: Si te has enamorado alguna vez, sabes distinguir la vida de la supervivencia. Si el amado está junto a ti, todo resurge y la vida te inunda con tal fuerza que retienes el vaso de arcilla de tu fragilidad, incapaz para sostenerla. Este desbordamiento de vida es el amor. Y la única pregustación del reino.

Cuando el amor existe, no te puedes equivocar, y es evidente, solar, indiscutible. Pero, como antes, Pedro evita los términos precisos de la pregunta; en lugar de hablar de amor habla de amistad (philô se).

Es como si solamente Jesús pudiese usar el gran verbo amar (agapao), el que es el amor mismo. Nosotros no. Esa palabra nos hace temblar. Y Pedro responde una vez más en nuestro humilde verbo, el más tranquilizador, humano y cercano que conocemos perfectamente; se aferra a la amistad y dice: “Señor, ya sabes que soy tu amigo”.

Tercera pregunta: Jesús reduce aún más sus exigencias, se acerca a Pedro. El Creador se hace a imagen de la criatura y empieza a emplear nuestros términos, a usar nuestros verbos, y dice: “Simón, hijo de Juan ¿me quieres?, ¿eres mi amigo?”.

Si el amor es demasiado, al menos el afecto; si el amor te da miedo, al menos la amistad. “Pedro, ¿puedo Jesús demuestra su amor rebajando por tres veces las exigencias del amor, hasta que las exigencias de Pedro, su cansancio, su tristeza, se vuelven más importantes que las exigencias mismas de Jesús.

No es la perfección lo que él busca en mí, sino la autenticidad. No me esforzaré en ser perfecto sino en ser auténtico y no hipócrita. No estamos en el mundo para ser inmaculados, sino para ser encaminados.

Y Jesús olvida el furor del ágape y se pone al nivel de la pobreza de su criatura, porque en el amor el es más importante que el yo; si el amor es verdadero, el yo no se pone en un pedestal, sino a los pies del amado.

Jesús, mendigo de amor, mendigo sin pretensiones, conoce mi pobreza, conoce que solo en la pobreza soy yo mismo, y me pide la verdad de un poco de amistad.

Ermes Ronchi: Las preguntas escuetas del Evangelio


 

Feb 21

Recés arxiprestal de Quaresma

Feb 16

Diumenge I Quaresma / B / 2018

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Lectura espiritual

Simón, hijo de Juan, ¿me amas? (Jn 21,16)

Hay en la Biblia una página extraordinaria relativa a Moisés y al becerro de oro (Ex 32,7-35). El pueblo, al ver que Moisés no vuelve del monte, decide hacerse un Dios cercano, visible, no se puede apostar siempre por el invisible. Dios monta en cólera al ver a su pueblo recaer en la idolatría más banal y decide exterminarlo, salvando únicamente Moisés.

Pero Moisés nutre en sí desde siempre una espiritualidad de la protesta, un corazón de pastor, y se yergue delante de Dios, multiplicando los argumentos a favor de los hijos de Israel: dice que Dios no puede destruir a su pueblo porque los egipcios se burlarían de él, el libertador; después le recuerda las promesas hechas a Abrahán, Isaac y Jacob y apela a su fidelidad; por fin un último argumento: “Perdona su pecado; si no, bórrame del libro que has escrito”.

Moisés que ha visto los prodigios de Dios, abrirse el mar, la columna de fuego, el maná en el desierto, no ha adquirido aquella actitud que para nosotros resultaría normal, pero ¡para la Biblia no!: la de sumisión total a Dios. No dice al Todopoderoso, al go’el, al libertador: tú sabes, tú eres justo, haz lo que te diga el corazón.

Moisés no tiene miedo, no duda en llamar a juicio a Dios para expresarle su desacuerdo personal, para recordarle sus promesas; no duda en elegir la solidaridad con el pueblo (éste es el auténtico amor de pastor), en lugar de seguir a Dios, un Dios que se comporta como un tirano. Lleva en sí el olor de la grey: prefiero mi pueblo a mi misma vida; y hasta aquí lo podemos entender; pero además prefiero la vida de mi pueblo a tus planes… casi una blasfemia.

¡Prefiero a mi pueblo! La pasión por la persona que llega hasta la contestación del cielo. Pero la verdadera blasfemia consiste en anteponer la verdad teórica a la persona viva.

¿Cómo reacciona Dios ante tal audacia? Escucha y se deja emocionar, admira y aprende la pasión de Moisés, la hace suya. Entendida de este modo, la fe no es sumisión al destino, sino contestación de la historia.

La fe es pasión por el pueblo y sus travesías. Pasión por la justicia, por la libertad, por la vida. Capacidad de contradecir lo que sucede. Somos brazos abiertos y boca abierta para gritar, enviados al mundo. Boca de los pobres abierta para pedir razón y oponerse a la injusticia, a todo lo que da muerte y humilla a los hijos de Dios.

Ermes Ronchi: Las preguntas escuetas del Evangelio


 

Feb 10

Diumenge VI durant l’any / B / 2018

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Lectura espiritual

Simón, hijo de Juan, ¿me amas? (Jn 21,16)

El Maestro no se deja impresionar por los defectos de nadie, sino que pronuncia y crea futuro. El milagro es que la debilidad, incurable, todo mi esfuerzo para nada, las noches sin fruto, las traiciones, no son una objeción, sino una ocasión para volvernos nuevos, para estar bien con el Señor, para renovar nuestra pasión por él. Para comprender mejor su corazón.

En esta página veo florecer la verdadera santidad, que no consiste en la falta de pecados o en un campo de malas hierbas, sino que viene de una pasión renovada. La verdadera santidad es renovar ahora mi pasión por Cristo y por el evangelio. Ahora.

“Simón de Juan, ¿me amas tú ahora?”. Y no hay pasado que valga, no hay pecado que exhume, ya no existe aquella noche alrededor del fuego, en el patio de Caifás, donde Pedro, Cefas, la roca, se había desplomado ante tres criadas, donde por tres veces había jurado: “¡No lo conozco!” (Mt 26,69-74).

Se ha acabado, borrada por las lágrimas de entonces y por el amor de ahora, en torno a otro fuego, encendido por Jesús frente al mundo, frente al corazón de Pedro.

Es en nombre del futuro como se supera la negación de ayer. Y vale para siempre y para todos: el señor no perdona como un desmemoriado sino como un creador.

Esto es lo que interesa al Maestro: volver a encender los fuegos, un corazón vuelto a encender, una pasión resucitada: “Pedro, ¿me amas tú ahora?”. La santidad no es una pasión apagada sino una pasión convertida.

Si apagas las pasiones, serás un eunuco, pero nunca un santo. El Señor crea creadores, artífices de un futuro bueno: “Apacienta mis corderos”.

Ermes Ronchi: Las preguntas escuetas del Evangelio


 

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